domingo, 27 de enero de 2013

AGUA SALADA


Cuando encuentro escritas por ahí las cosas que pienso y que otro, cien millones de veces mejor yo, sabe como decirlo, me maravillo, no por la habilidad de ese otro que ya sé que yo no tengo, sino porque dejo de sentirme una gota de agua salada.

Una súbita y luminosa idea: Las mejores amistades, las más duraderas se basan en la admiración. Ese es el sentimiento fundamental que relaciona dos personas durante un prolongado período de tiempo. Se admira a alguien por lo que hace, por lo que es, por cómo se las arregla para andar por el mundo. Esa admiración lo ennoblece, lo realza ante tus ojos, lo eleva a una posición que a tu juicio, es superior a la tuya. Y si esa persona también te admira a ti -y por tanto te ennoblece, te realza, te eleva a una posición que considera superior a la suya-, entonces os encontráis en condiciones de absoluta igualdad. Ambos dáis más de lo que recibís, los dos recibís más de lo que dáis, y en la reciprocidad de ese intercambio, florece la amistad.

No sólo hay que cultivarse el trato con los amigos, también hay que cultivar su amistad dentro de uno mismo: conservarla con esmero, cuidarla, regarla.

Siempre perdemos la amistad de aquellos que pierden nuestra estima.