lunes, 7 de diciembre de 2015

MARTINA Y EL MAR





¿Es éste el final de la historia? ¿Una especie de suspiro? ¿El último temblor de una ola?..
 Pero, si no hay historias, ¿Qué final puede haber? ¿Qué principio? 
 Quizás la vida no sea apta para el tratamiento que le damos, cuando intentamos contarla.”


“Me gustaría mucho que escribieras algo sobre mí. No, sobre mí no, algo que sea para mí, que lo escribas pensando en mí”. Puede que hayan pasado meses desde que de una conversación intrascendente, sobre las cosas que nos gustaban y que no nos gustaban, apareciera aquella petición. Podía haberle dicho lo mismo. Sólo que en mi caso no le hubiera pedido que escribiera un texto cualquiera, sino que me escribiera el futuro en ese folio blanco en el que acababa de anotar la hora de su próxima cita. 
Nos despedimos con un beso lanzado al aire. Cosas de las prisas de una vida ruinosa que viaja en vagones de segunda.


Me siento frente al archivo mil veces empezado, mil veces guardado, mil veces borrado. Un archivo ya roñoso que empezó con un “Nos conocimos de un modo absolutamente corriente. Los que están destinados a encontrarse sólo pueden hacerlo de ese modo”.  


No nos volvimos a ver, aunque no por eso dejamos de cruzar algunas palabras de vez en cuando. Algunas de cortesía, otras de profunda comunión y, finalmente, como pasa con las cosas que se mueven por fuerzas telúricas, nos fundimos en negro hasta que la vida caprichosa y breve, si quiere, nos lleve a converger de nuevo modo casual. 

Durante días ha llovido de un modo torrencial, por fin ha despejado y los huesos han dejado de chirriar. “¿Te apetece salir?” Paseamos cerca del mar. Lo hacemos en silencio, no suele ser habitual, caminamos y charlamos pero parece que hoy necesitamos que el sol nos seque el ánimo. Un labrador se escapa del rompiente de las olas, se revuelve y nos baña con miles de gota saladas. La felicidad debe ser algo parecido a eso. Recojo un trozo de cristal que el mar ha desgastado hasta convertirlo en una gema preciosa, azul, perfecta. Miro a través de ella y el sol se convierte en un tremendo punto cian. Repito el gesto una, dos, tres veces. Nada especial, un gesto corriente, como no puede ser de otro modo.




(*) "Martina y el mar" es el nombre que el autor dio a la fotografía que acompaña este texto.

6 comentarios:

  1. Querida, le voy a decir un par de cositas.

    La primera es que yo solía escribir pensando en hacer reír al brutote de mi amigo pero últimamente se me antoja, además, estar a la altura para merecer que una escritora de su valía considere dedicar un ratito de tiempo a mis tonterías. Esto no debe ser muy sano si tenemos en cuenta que para mi es usted un ser virtual.

    La segunda es que si bien estoy convencido de que los nobles salones de la Rusia Imperial no estaban decorados con muebles de Ikea, no descarto que más de uno de aquellos señores príncipes casi feudales le echase unas horas a la sección de muebles del El Corte Bielorruso, popular cadena de grandes almacenes extinguida con el advenimiento de los bolcheviques en 1917. Es que me he vuelto a ver "Nicolás y Alejandra" y estoy muy puesto estos días en la cosa de los rusos.

    Ahí queda eso.

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  2. Pues que conste que yo me troncho con lo que escribe para que se reía su amiguete. Any case! que dirían los british (o eso creo), siempre lo digo, hay que leer a los rusos y,si se tercia, tomarse una ensaladilla mismamente.
    PD: No te pierdas Anna Karenina, leída, nada de ese pufo que ahora corre por la cartelera.
    :)

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  3. Los cristales convierten la luz, a veces, en arcoiris. Eso es así.
    Un abrazo.

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