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domingo, 5 de mayo de 2019

ME LLAMO GRACE


"Cuando eres pequeña, nadie te dice que vas a morir . Tienes que averiguarlo por ti misma. Las pistas pueden ser que tu madre llore pero finja que no..."
Sigo aquí. Maggie O'Farrell




Me llamo Grace. Este es mi segundo aniversario, aunque nací en 1974. Peino unas canas diminutas y tengo ganas enormes de vivir en paz. Yo, mujer  nacida de los dolores de otra a la que no recuerdo, he sobrevivido a mi primera vida y recién acabo de empezar la segunda. Quiero pensar que soy un gato como el que ayer vi en el televisor, que tengo siete vidas y que todavía dispongo de otras cinco de recambio, pero algo me dice que mi cuerpo no soportaría otra desconexión, otro coma que era irreversible y que al final, no lo fue. Un golpe de suerte, dice el doctor, intentando hacer una gracia que no comprendo y que le hace carraspear por lo bajo y cambiar de tema sobre mi aspecto. El pelo despunta poco más de un centímetro, blanco, espeso, junto a una costura que cerró el escape de todo. Me llamo Grace, y no recuerdo nada de lo que ocurrió aquel 3 de abril de 2017 en el que, según me cuentan, aparecí inconsciente en los baños de la estación de autobuses con la cabeza abierta y el bolso vacío. Ahora sé que tuve una primera vida, desconocida, que no sé cómo encajar con esta segunda que no controlo. No recuerdo nada. Hace dos semanas que he vuelto a un apartamento que dicen que es mío y que alguien se ha encargado de mantener mientras yo intentaba volver a consciencia. Cuando llegué casa encontré un ramo de margaritas enorme junto a una carta que no supe leer. Tengo que reaprender lo que en su día aprendí y que ahora se ha perdido por algún lugar de mi cabeza, aunque yo creo que debió quedar entre las baldosas de aquel retrete en el que aparecí. Tengo restringidas las visitas y yo misma acepté a una cuidadora, Mae, que me ayude a transitar desde el olvido a mi nueva vida. Dicen que de esa manera será más sencillo. No lo sé. Por la casa hay fotografías mías y de la que era mi vida.  Me formulo pocas preguntas porque me da miedo lo que pueda descubrir.Paso muchas hora sentada en el sofá de casa, mirando por la ventana intentando descubrir lo que hay ahí afuera.  Salgo muy poco a la calle, una vuelta alrededor de la manzana y vuelta a casa. Me cruzo con extraños que me miran con condescendencia, que me saludan con reserva y yo, agarrada al brazo de la única seguridad que tengo, sonrío de un modo mecánico. A veces rebusco entre los cajones, en el fondo de los armarios, algo que encienda la chispa de la memoria, pero todo es extraño, anodino. Lloro sin saber porqué y Mae tiene la corpulencia de un armario ropero y la sensibilidad de una alondra, me abraza hasta que consigue que el hipo desaparezca. Es negra como el tizón y sus manos destacan sobre la blancura mortecina de mi cuerpo que lava con delicadeza. Ella es Mae, yo soy Grace, y el resto es un mundo de desconocidos que me asustan. Ayer, volvió la policía. Me senté en el sofá y no pude contestar a nada de lo que me preguntaron. Se que se exasperan y que dejarán de venir porque yo no recuerdo nada. No sé quién soy, no sé quién querría hacerme daño, no sé quién es nadie, no sé nada. Y me siento como un bebé inútil e indefenso, con un insufrible dolor de cabeza que  no sé cuándo va a parar.
Esta noche he soñado por primera vez desde que he vuelto a esta casa. Un hombre me tiraba del pelo y me obligaba a doblar el cuello hasta que ya no daba más de sí. Veo la acera sucia, llena de mugre y escucho un ruido seco de una nuez partida y sé que estoy muerta otra vez. Un grito se me ahoga en el centro del pecho y me he despertado rota.  Todo me da miedo, la casualidad de estar donde no debía, según dicen. La vida se ha convertido en cuatro paredes que guardan celosamente la nada más absoluta.


domingo, 27 de agosto de 2017

GATOS PARDOS


Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas.

Kirme Uribe 





Empezar por lo más difícil y así, de esa manera, al final todo se volvía más sencillo, como una cuesta abajo a la que se llega de una manera fácil. Rodar y rodar sin aspavientos y dejando espacio para que lo feo quede ya en penúltimo lugar y con suerte se vaya olvidando. Esa manera de afrontar la vida se la había enseñado su abuela, aunque a estas alturas de la suya, su vida, no tenía muy claro si lo había aprendido bien o si era su gafe perpetuo lo que hacía que al final aquello que era difícil y desagradable quedara siempre en el primer puesto y lo amable estuviera siempre en la cola del pelotón, sin puntuar absolutamente nada.
La abuela había sido una mujer excepcional, había vivido una guerra, una posguerra y había sobrevivido a la burbuja inmobiliaria que se llevó por delante su casa, arrastrada por un aval temerario, y la vida de un hijo calavera al que mal proteger, que se acabó colgando del pomo del baño de una pensión sin que nadie consiguiera explicarse cómo es posible ahorcarse con los pies tocando el suelo. Ahora, pasado los noventa, la abuela se consumía frente a una ventana abierta a un patio interior sin reconocer siquiera la mano que de vez en cuando se llevaba a la boca para apartar la última mosca que ahí se posaba. Para él la vida había sido muy distinta, nada de escándalos, nada de guerras ni de posguerras en los zapatos. La burbuja inmobiliaria le cogió en un piso de alquiler que continúo pagando con su salario de funcionario. En su vida anodina no había grandes dramas, ni grandes alegrías, por eso le molestaba tanto que aquel tipo recién llegado le hubiera pisado su sitio en la oficina. Le doblaba la edad, solo por eso le debía un respeto, pero el chaval no debía de saber de estos temas y por eso su presencia holgazana, con esas camisetas chistosas a las que todos reían la gracia, las deportivas sucias y el pelo cortado a mordiscos según una moda que no comprendía, le sacaban de quicio y alguien debía darle una lección. Los graciosos también se mueren, pensó. Le mandaría al archivo, entre la cochambre y polvo, con suerte una estantería mal calzada se le vendría encima y esa sonrisa estúpida quedaría estampada en algún expediente como un sello de registro de entrada. Algunos finales tienen cierta justicia poética, se dijo. Se dio la vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño de nuevo, pero a esa hora los gatos pardos se amontaban ya sobre la almohada y así no hay quien duerma.




domingo, 21 de mayo de 2017

COLADORES Y RECUERDOS MÍNIMOS


Supongo que es capaz de caminar sobre las aguas 
pero no de evitar que se le empape la cabeza.

Kent Haruf



Mientras espero sentada en el banco del parque que hay frente a la estación de autobuses, apurando los rayos de sol de las últimas horas de la tarde, un crío que apenas levanta un palmo del suelo se precipita desde el sillín de un balancín al suelo. Creo que aún no se han escuchado los primeros lloros cuando la madre lo levanta, le sacude la arena de las rodillas y le besa dándole consuelo. El niño se abraza y acoplado en el hombro, bajo el influjo del aroma materno, alcanza el alivio y la tranquilidad más pronto que tarde. Siempre he sido tremendamente mala para adivinar los años que tiene o deja de tener alguien, da igual los muchos o pocos años que tenga. Por eso puede que la criatura, que ya ha dejado de llorar, tenga tres o tal vez cuatro años, tan pocos que es posible que en su cabeza aun no se forje el recuerdo de este momento de amor incondicional al que podría volver cuando la vida le dé coces.
En el otro extremo, frente al tobogán, un grupo de adolescentes se revuelve entre risas hasta que el teléfono de uno de ellos suena. Se marcha corriendo entre exclamaciones brutales contra la tiranía materna. El pequeño vuelve a estar sobre el balancín, su madre no le pierde de vista y desde mi asiento le oigo reírse.

El juego de la memoria, la elaboración de los recuerdos, siempre me ha parecido algo extraordinario. El ser humano es una máquina casi perfecta. Por eso me parece una mala faena que la capacidad de recordar, aunque solo sean las cosas buenas, no exista desde el mismo momento de ver la luz y tengamos que esperar que transcurra el tiempo (dicen que tres años), para poder hacerlo. Sería fantástico poder recordar la sensación de amor incondicional y sin medida que recibimos apenas recién nacidos. Por eso en la hoja de reclamaciones, y por si alguien se la lee algún día, deberíamos anotar que queremos un cerebro sin agujero tempranos, que pudiera tener la capacidad de almacenar, desde el minuto cero, todo aquello que produce un bienestar infinito sin necesidad de contrapartida. Sería fantástico que pudiéramos almacenar estas cosas. Sería realmente fantástico.





martes, 11 de abril de 2017

MIS CUATRO CHAVOS

                               
                               La estudié y ella nada me enseñó.
                               Pronto olvidé todo lo aprendido; después,
                               fui agobiado por el conocimiento— 
                               el insoportable conocimiento de la nada.
Thomas Merton




Dices que ya estás listo, que cuando quiera podemos salir. Pero no, necesito un poco más de tiempo y que ese tiempo lo acompañe un café sin prisas, sin el tintineo de las llaves en la mano, sin el peso que moveremos de un lado a otro de la ciudad porque eso es lo que nos tocara hoy. Correr y volver a correr para demostrarles a todos que no estamos muertos. Miro por el balcón, en el edificio de enfrente, una reunión de trabajo parece irse de madre. Los brazos alzados, algunas cabezas bajas y aquí, sobre la mesa, el café esperando que le disuelva el azúcar mientras leo por encima los titulares del periódico de ayer que alguien dejó sobre mi mesa.  Una muerte inesperada que parece más muerte que cualquier otra, ser famoso es lo que tiene; unas cuantas bombas que reparten vísceras que a pocos importan porque no los conocía ni Dios; y, como colofón, el relumbrón de unos cuantos que juegan al fútbol por cuarenta mil chavos a la hora, al minuto, tal vez al segundo. Migajas de un mundo raro que ya ha quedado antiguo. El ayer no existe aunque sobre la mesa aun quede el papel. Descuelgo el teléfono porque quiero dar los buenos días. El café se enfría. Veo que te impacientas, tenemos que salir si no queremos llegar tarde. Un gesto con la cabeza para decirte que sí, que ya salimos, pero es un sí que es un casi no, porque confío en los diez minutos de cortesía y porque a estas alturas la vida ya no permite dejarse nada en el tintero. Pero eso tú, a tus pocos años, quizás aun no lo sepas. Tampoco ahora importa demasiado.






domingo, 9 de abril de 2017

VIERNES



“Todo lo que crecía requería mucho tiempo para crecer.Y todo 
lo que desaparecía necesitaba mucho tiempo para ser olvidado”.

Joseph Roth



Me la encuentro sentada frente al televisor. Tiene las manos sobre la falda, jugueteando con los restos de un ovillo de lana. Son las cinco y media de la tarde y dice que en cuanto me vaya se prepara algo para cenar, un poco de leche y un par de magdalenas, y se irá a la cama. De nada vale que le diga que eso no es cenar, o que nadie puede acostarse cuando el sol todavía ilumina las calles salvo que quiera morirse, porque sé que en cuanto cruce el portal, pasará el cerrojo, irá a la cocina, y lo de fuera dejará de existir.
Quiero explicarle que la historia se repite una vez más; que la realidad siempre ha superado a la ficción y que la historia, aunque los años la enquisten, nunca sirvió para evitar lo que no se puede evitar. Enamorarse de quien no se debe es la marca de la casa. Ella lo sabe bien. Decirle eso es una obviedad. Ha vuelto, una vida después, el amor encorsetado, limitado por estrecheces y obligaciones, que sólo revive los viernes al anochecer. 
La vida es un galimatías con reparto de migajas en el que, a poco que te empeñes, te tocan las duras. Se lo digo, sin decirle ni una sola palabra, mientras en la telenovela dos venezolanos se enzarzan en un discurso propio de dos marcianos. Me pregunto si este tipo de series pasan algún filtro antes de lanzarlas a bocajarro. Seguro que no, así se adormece el sentido común y los recibos de la luz, durante la media hora que dura el capítulo, no parecen un problema. Me acaricia la mano. 
Miro el reloj. Por la ventana, la luz empieza a decaer pero aún faltan un par de horas para que la noche caiga del todo. Es viernes. Me pide que le acerque gafas ante de irme y que me cuide. Se las pongo con cuidado, le doy un beso en el cabello y me voy. Le prometo que volveré la próxima semana.




miércoles, 15 de junio de 2016

DIARIO DE OTRO


“Hago por la familia lo que tengo que hacer, es mi deber. Lo único que me ha enseñado la vida es a soportarla, nunca a cuestionarla, y a quemar en la escritura los deseos generados”.
Karl Ove Knausgard




Vas a caminar sin muletas, en algún momento sentirás que estás a punto de caer, que las rodillas no van a poder soportar tu propio peso pero, al final, sabes que no será así, no te lo puedes permitir, de manera que esas piernas que flaquean te sostendrán aunque sea de mala manera Es cuestión de confianza y de pura necesidad.
Tu mirada sigue turbia, esquiva, aunque quede disfrazada por el desenfoque de una lente novata. No existen parihuelas para las heridas que no se ven. Tus piernas, que se aflojan por el peso de las circunstancias, se recuperan y la vida amable va zurciendo el vacío que sientes por dentro. Pero no son los ojos los que de verdad te delatan, es el gesto de la boca. No existen manos suficientes para ocultar unos labios entregados a lo acomodaticio, ni las decisiones que se toman para tranquilizar una conciencia exaltada. Se te nota, aunque no lo quieras.