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viernes, 1 de marzo de 2019

FEBRERO



"En el amor romántico siempre estás perdiendo".
Vivian Gornick





Llevamos demasiadas cosas entre manos, tantas que se nos caen por los costados, por entre los dedos, dejándolas caer si tener la habilidad suficiente para alcanzarlas al vuelo. Ayer intentaba poner un poco de orden al desorden con el que empiezo cada mañana e intenté hacer una lista de cosas pendientes que tenían que salir antes de que acabara el día, antes de que acabara el mes. Porque ayer, veintiocho de febrero, fin de mes, se nos ponía de nuevo en la casilla final, robándonos la posibilidad de aplazar las cosas un poco más. Y esta mañana, ya marzo, mientras me tomaba un café antes de entrar a trabajar, con las calles a medio poner y la sensación de una primavera demasiado anticipada, he vuelto a empezar la lista, anotando lo que ayer quedó pendiente, lo que debía de haber sido y no fue, sabiendo que entre febrero y marzo el tiempo se pierde en un agujero negro y que solo cada cuatro años remonta un poco. Hoy vuelvo a tener las manos llenas, menos hojas en el cuaderno de las listas interminables y la total seguridad de que el mundo no va a parar de girar aunque intentemos frenarlo con las dos manos. Pero empieza un nuevo mes y quizá con él llegue un poco de tregua aunque casi con toda seguridad no será así, pero al menos podemos contar hasta treinta y uno.



martes, 1 de enero de 2019

AMATEUR


Nuestro diálogo no era exactamente una conversación. Ejecutado a un nivel de velocidad y ruido, consistía en una serie de confrontaciones a cámara rápida.
Vivian Gornick, Apegos feroces





Con la llegada del año nuevo parece que las esperanzas renacen y los planes a futuro se van forjando en la cabeza con la velocidad de las últimas horas del día 31. Propósitos que pocas veces irán más allá de nuestra nariz y que antes de que acabe el mes de enero quedarán enterrados entre la cotidianidad, las rutinas y las urgencias del día a día. Venimos de unos días intensos y yo me canso, mucho. Por eso hoy, alegando la excusa de una invitación imposible de rechazar de aquellos parientes políticos que no se visitan nunca, pero que son el comodín del escape, me tomo el día libre y me quedo en casa, pintando mandalas y recogiendo lo que durante estos días ha quedado desperdigado por todas partes. No tengo propósitos para el nuevo año, no tengo deseos ni confesables ni inconfesables. Pero tengo una necesidad, la necesidad del tiempo y del silencio que parecen, ambos, la consecuencia lógica de una especie de misantropía benigna que se pasa con los días, pero que a veces se necesita para no perderse uno mismo. Es hora de que otros hagan planes mientras, por aquí, la mañana la pueblan las musarañas y un diletante surfeo sosegado entre cuatro notas musicales y la afonía agónica de las navidades.





domingo, 17 de junio de 2018

TEMPERATURA AMBIENTE


Me senté en el escritorio y me esforcé en pensar. Así es como me gustaba describirlo. Durante años, dije: «Me esfuerzo en pensar», de la misma manera que mi madre decía que se esforzaba en vivir.

  -Apegos ferocesVivian Gornick





Cuando mi hermano cumplió los dieciocho años se marchó de casa, cerró la puerta por fuera y no le volvimos a ver durante años. Su cupo de pena y de decepción había llegado al límite y quería volar. Nadie podía reprochárselo, ni siquiera su madre, la mía también, que iba acumulando pérdidas sin apenas darse cuenta. Nos quedamos solas, lo que en realidad significaba que la mayor parte del tiempo lo pasaba sin nadie en casa. Mi madre trabajaba como enfermera en la unidad de paliativos del Hospital General y su vida, desde que mi padre murió, transcurría entre guardias infinitas que le permitían sobrevivir sin tener que pensar demasiado porque, como en ocasiones decía, bastante tenía con protegerse del dolor de los que cada día perdían a un ser querido durante sus horas de trabajo. El apartamento en el que vivíamos, entre la Cuarta y la Plaza Hems, se nos había quedado enorme. Algunos días, al volver de la universidad, me paseaba por el salón y esperaba descubrir que, pese a lo vacío que ahora estaba todo, en algún rincón quedaba un rescoldo de la vida que tuvimos tiempo atrás, pero no encontraba más que el eco de una radio que se colaba por el patio de luces. Me tumbaba en el sofá y con la mirada perdida en el vacío imaginaba que algún día volvería la normalidad que se me había escapado aún sabía bien cómo. A veces esperaba que Helen, mi madre, volviera de su guardia y me besara aunque fuera con más cansancio que ganas. Se quitaba los zapatos, se tumbaba en el sofá en el que yo misma, horas antes, había perdido el mundo de vista, y allí se quedaba dormida sin apenas decir nada. Me sentía incapaz de decirle lo mucho que la echaba de menos. La besaba en la frente y ella, de una manera casi inconsciente, me acariciaba la mejilla. Estuvimos así más tiempo del que puedo recordar. La sentía frágil en su aparente entereza y más de una vez temí que se desmoronara como un castillo de naipes y se arrojara a una desesperación tan grande como salvaje. A veces, al volver de clase, la encontraba apoyada en la ventana, dando la espalda a la habitación, al mundo entero y la escuchaba suspirar. Aquel ambiente sombrío y triste me influyó durante años. La intensidad de su soledad se colaba por mi sistema nervioso hasta bloquearme y alejarme poco a poco de ella. Un día, al volver a casa, la encontré pintando la pared del salón, había cubierto los muebles con sábanas viejas y su cabeza con un pañuelo que había sido de papá. Al verme bajó de la escalera, me abrazó como hacía años que no lo hacía y sentí, por fin, que acababa de expulsar de nuestra casa el infierno del dolor y que por fin volvía a nacer la posibilidad de recuperarnos, de evitar perdernos para siempre.


domingo, 10 de junio de 2018

SIN SORPRESAS


Nuestro diálogo no era exáctamente una conversación. Ejecutado a un alto nivel de velocidad y ruido, consistía en una serie de confrontaciones a cámara rápida.

-Apegos feroces- Vivian Gornick






Regreso de Madrid con menos ganas de lo que es habitual. Un último paseo por el Retiro, antes de correr hacia Atocha, me ha sentado más que bien. Es la ilusión de respirar un aire menos contaminado y agresivo de lo que últimamente respiramos junto al Mediterráneo de Serrat. A los efectos prácticos he perdido el tiempo, no he completado ni una sola de las gestiones que me llevaron hasta allí y, sin embargo, mientras el tren me aleja de la ciudad pienso en lo animada que estaba, en lo espléndida que es, y en lo mucho que nos despistamos los que venimos de fuera. Vivir en el conflicto agota y, de vez en cuando, tomar distancia es necesario. En últimos tiempos vivir en Barcelona es morirse un poco cada día. Escapamos como podemos, aunque sea utilizando excusas, bebiendo medio litro de vodka o incluso escribiendo simplezas mientras en la acera de enfrente, teñida de amarillo, vemos a una jauría que intenta arrancarnos la libertad y la tranquilidad que todos queremos, que todos necesitamos. La gente sofoca y el final ya lo conocemos, no tiene nada de sorpresa.