martes, 1 de octubre de 2013

APRENDIENDO A VOLAR


“Es el pintor de lo que pasa cuando parece que no pasa nada".


Decías que hay un millón de maneras de volar. Pero  sigues con los pies pegados al suelo. Ni un milímetro de aire entre los zapatos y la grava. Parece que fuera ayer cuando embutías  el filo de un cuchillo romo por debajo de la puerta para despegar un guijarro huérfano de vete a saber qué,  que la mantenía firme sin que se moviera un centímetro de esa posición forzada. ¿Lo recuerdas? Así te veo yo, en cuclillas, resoplando por lo incómodo de la postura, por la feroz resistencia de un trocito de piedra tonto. 
  
Vuelves a andar con los pies pegados a la tierra. Me lo cuentas y  me dan ganas de pasar por debajo de tus suelas el abrecartas con el que juego mientras te escucho. Puede que esas mil maneras de volar en las que tú creías no existan, y que ahora ya lo sepas y que sea eso precisamente lo que te tiene ahí clavado.   


En el fondo, en realidad, solo exista una manera de volar, y puede que esa única forma no consista en mover sin descanso las alas que no tienes, sino en asumir el riesgo de cerrar los ojos y dejarse ir.