jueves, 9 de agosto de 2018

ZANCADAS


Creo que no nos une ninguna impostura, sino un bar. 
Se llamaba el aviador y era un bar de Barcelona.

Enrique Vila-Matas




En esta ciudad ya nada es lo que fue. Empezamos descuidando lo accesorio y hemos acabado abandonado a lo principal, a su gente. Descuidar al vecino con el que uno apenas se cruza unos buenos días en el portal, al tendero al que se le piden las cuatro urgencias sin dejar de atender la pantalla del móvil, y descuidarse uno mismo frente a las urgencias que impone la vida urbana, aunque uno no lo quiera y juegue al escondite con cada una de ellas. 
Alguien ha plantado unas margaritas blancas en el hueco del árbol. Va a ser difícil que las flores soporten la calima de estos días, pero de momento han modificado el anodino paisaje de una acera cualquiera. Un milagro urbano que desaparecerá sepultado en un mar de orines de perro. Puede que el empezar a recuperar el espíritu de esta ciudad esté precisamente en dedicar unos minutos, a veces solo unos segundos, en mirar alrededor y descubrir algunas de las cosas asombrosas con las que aún hoy, pese a todo, puedes encontrar al doblar una esquina. Y puede que mirando descubramos que, entre los desconocidos con los que nos cruzamos a diario, hay gente que procura que lo que nos rodea no se convierta en una ruina. Conviene empezar a andar despacio y a observar sin recelo. Puede que así recuperemos algo de lo que un día creímos ser o, en el peor de los casos, que no se nos pudra el ánimo.