miércoles, 18 de diciembre de 2013

LA VIDA Y NADA MÁS


Mi barrio es un barrio normal de una gran ciudad, donde la gente madruga para ir a trabajar, en el que los niños, en inviernos como éste, se cubren con gorros y bufandas mientras caminan cogidos de las manos de sus padres, de sus abuelos, que les llevan a la escuela antes de que ellos mismos empiecen su jornada laboral. Niños que a esas horas, medio dormidos, caminan ajustando su paso a los minutos que corren sin demora. Esta mañana era una mañana como cualquier otra,  o al menos lo era antes de llegar a la esquina de casa, antes de que una buena dosis de realidad acabara de despejarme del todo.

Sobre la acera resta el cuerpo sin vida de un hombre del que nadie sabe nada. Un hombre que junto con los niños y con los que vamos a trabajar, formaba parte del paisaje de mi calle. Unos y otros convertidos en parte del decorado de la ciudad. Pero hoy yace sobre el suelo su cuerpo. La muerte inesperada y ajena, vista de cerca, siempre impresiona. Nos deja mudos y acostumbramos a encubrirla para olvidarla  porque no va con nosotros. 
Inspirar inevitablemente y contener la respiración, pero hacerlo no evita que el aire, que huele a heno viejo, me queme por dentro. Puede que lo que huela así sea la muerte ajena, la desconocida, la que rompe la rutina de un vecindario cualquiera.

Una cinta de plástico cerca su fin. Sus cosas, un petate sucio y maltrecho que alguien ha colocado en el hueco de un árbol. La curiosidad es intrusa y mientras unos miran, los otros se afanan para que todo vuelva a la normalidad. En apenas unos minutos, sobre la acera, no queda más que el resto de una manta sintética de falso oro y plata y la cinta que ahora barre la acera.

Nadie se acordará de ti cuando estés muerto. 

Mientras cruzo la calle, desviándome de la aglomeración que murmura sobre lo que nadie sabe porque de los mendigos nunca nadie sabe nada, veo las manos de un chico que se sujeta la cabeza y se lamenta sin consuelo apoyándose contra el capó de un coche mal estacionado. La vida sigue, pero el mundo es menos mundo.

No puedo evitar preguntarme ¿Quién le pensará? Uno no deja de existir mientras se le recuerde, aunque el recuerdo habite en la cabeza  del que, sin querer, puso punto final a tu vida. La multitud se dispersa y la vida continúa, pero no es cierto, aunque la calle quede despejada, limpia y la circulación poco a poco recupere su ritmo. El día se ha vuelto espeso, se pega entre los dedos. 


Nacemos en estado puro y la vida nos transforma sin que podamos aventurar un destino de esplendor. En ocasiones, el azar juega al balompié y cocea sin compasión. 
Nos descomponemos en cien mil átomos condenados a desparecer. Pero ese último instante, antes de que todo se vuelva tremendamente oscuro, tremendamente vacío, la imagen de aquellos a los que amamos sin condiciones, nos acompañará en el último paso, estoy segura de eso; de lo mismo que lo estoy de que la muerte no es definitiva hasta que ya nadie te recuerda.