martes, 3 de diciembre de 2013

¡QUÉ RICO!


"¿Tripas dentro o tripas fuera, como Judas? Veo que está confundido. 
Si no le importa, yo elegiré por usted".


Mi padre era de los que afirmaba que la prensa seria se distingue de la amarillista en el peso del soporte que la contiene, en la cantidad de papel que gastan para contarnos algo. Algo de razón tenía, pero en la actualidad, tal y como está el tema, no tengo claro si el amarillismo se bate en el exceso o en el defecto de papel. Esta mañana, leía en la prensa que un tipo, alemán para más señas, ha sido juzgado por matar a su pareja sexual y comérsela. El canibalismo está servido. No es la primera vez que aparece en los diarios una noticia de este calibre y contenido, y tampoco es nuevo que el país en el que sucede el hecho sea la civilizada Alemania. Por lo visto no tienen suficiente con el entrecot de ternera, ni las deliciosas bratwursts.

El comer carne humana es algo que no se estila en nuestra civilización, salvo en aquel metafórico arrumaco del “te comería a besos”, “cómeme el coco negro", o cosas similares que nos pasan por la cabeza cuando nos idiotizamos por cuestiones de las bajas pasiones. Sin embargo, algún componente tremendamente irresistible debe tener lo de comerse aquel que tenemos entre las piernas o entre los dientes, dicho sea de paso, vista la frecuente reiteración en el comportamiento de nuestros vecinos del norte. Pero una es mediterránea y clásica, así que el tema no me pone, en realidad, sólo de pensarlo, se me dispara una ligera nausea amén del colesterol. Debe ser por eso que en pleno furor mi desaforado ánimo canino no pasa de lametones bienintencionados, succiones ardorosas y mordisquitos apasionados. No me imagino zampándome el cachete trasero de mi compañero de juegos amatorios, ni royendo su fémur con un placer desaforado hasta poner los ojos en blanco, ni sorbiendo las cuencas de sus ojos hasta que me tiemblen las piernas de puro gusto. No lo veo, no.

Debo decir que el periódico en el que venía la noticia, uno de tirada nacional, era bastante gordo, tanto que, mientras me relamía la última gota del café, por un momento me ha pasado por la cabeza la disparatada idea de que esa hojas de papel, amarillista por supuesto, deben de venir muy bien para envolver el osobuco de un amante bien dispuesto.