domingo, 13 de noviembre de 2016

BAGATELAS SENTIMENTALES


El éxito es sobrevivir: ésa es una definición
suficientemente buena para mí.
Leonard Cohen




Esta semana falleció Leonard Cohen. El mundo clama el dolor por la muerte del artista que a los ochenta y dos años ha podido hacerlo en su casa, rodeado de su familia. Miles de sentimientos se derraman en cascada por las redes sociales, inundándolo todo. "Nunca te olvidaremos", "te echaremos de menos". En momentos así, ante esta hecatombe emotiva, una tiene la sensación que la muerte de un artista, de una persona mediática, es mucho más muerte que la de cualquier otro. Un punto y aparte de categoría superior que emborrona la realidad de que todos, absolutamente todos, tendremos el mismo final. Un sanseacabó que nada podrá cambiar.
Sentir es algo muy particular y lo que a uno le conmueve a otro le puede dejar indiferente, eso es absolutamente cierto. La muerte de unos y de otros puede que nunca sea igual, pero la muerte de un desconocido, del que solo se conoce su obra, no puede producir jamás los sentimientos que provocan la desaparición de una persona a la que se le profesa un cariño, un querer, que nace de la reciprocidad en el trato, en el afecto. La sensación de pérdida en una situación así es indescriptible. La vida se tiñe de un desasosiego vital que se incrementa por momentos cada vez que se piensa en esa persona, cada vez que recuerdas que no la volverás a ver, que nunca más la volverás a tocar, a oler, ni a sentir. A partir de ese momento infinitesimal en que alguien querido desaparece ya no queda la posibilidad de compartir absolutamente nada. 

Las pérdidas de las personas queridas son tremendas y el tiempo, que atempera la pena y el dolor, es poco menos que una necesidad. Cada rincón, cada canción, cada movimiento sencillo y común, aboca a un precipicio personal del que salir, a veces, requiere un esfuerzo titánico. La vida se convierte en un continuo echar de menos que con los días no desaparece, pero que se aprende a llevar. La pena es un peso que ahoga y sobrevivirla, en no pocas ocasiones, se convierte en una faena colosal.  Es quizá por eso que me causa una tremenda sorpresa esa manera infantil y bastante tonta de reaccionar a la muerte de un artista, de un persona mediática a la que jamás se conoció personalmente. Porque aunque con su muerte se pierde mucho, sobre todo para su familia, sus amigos, sus allegados, poco pierden todos esos millones de personas que jamás se acostaron o se levantaron pensando en esa persona, en sus cuitas, en sus cosas. 
Es difícil sufrir por un desconocido aunque sus obras ronden la vida de cada uno. Sobre todo porque esas obras, esas en las que no pocos anclan su impostado sentimiento momentáneo, perdurará en el tiempo y para siempre. 
No se puede echar de menos lo que nunca se tuvo; y lo que se tuvo, en el caso de Leonard Cohen: su música, su poesía, estarán eternamente para todos, también para aquellos que, en el instante de conocer su final, claman al mundo su padecimiento y pena mientras ponen una cafetera, contestan un mensaje de sus teléfonos móviles, o se olvidan de llamar a unos padres ancianos a los que se les pasa la vida en soledad. 
Pero, hoy, domingo, es hora de poner un disco, quizá sepan cual.