sábado, 16 de mayo de 2015

BARCINO


Res no es mesquí, nii cap hora és isarda, ni és fosca la ventura de la ni,
 i la rosada és clara. Que el sol surt is’ullprèn i té delit del bany que emmiralla el llit de tota cosa feta
                                                                                                                                                                                            
                                                                                                                                                            J. S. Papasseit


Barcelona es una ciudad que no existe, es un fantasma que se remueve a orillas del mar. Dejó de existir el día que murió de éxito convirtiéndose en la meta volante de miles de turistas que esperan encontrar entre sus calles, entre sus gentes, lo más vanguardista, moderno y de diseño que exista en el momento. Pero la ciudad se envenenó de sí misma y empezó a disfrazarse de lo que nunca fue, empezó a descuidar a los que habitan en ella. Levantó la alfombra y escondió debajo de ella parte de lo que era, para convertirla en un escaparate irreal. Y así, entre bambalinas de modernidad, se empezó a descuidar a su gente y a pensar más en los visitantes que dejan los doblones de oro que uno nunca sabe a dónde van a parar.

Pero intoxicados de nosotros mismos, como los enamorados que se vuelven sordos, ciegos, incluso mudos, frente a las dolorosas fatalidades que el administra el ser amado, sobrevivimos como podemos. Las cosas pequeñas, aquellas en las que el visitante apenas repara, son su ruina patrimonial. Calles sucias, transportes que sin motivo aparente transforman los traslados cortos en una verdadera odisea, esquinas que se convierten en la única morada posible, con una fiscalidad asfixiante y un sinfín de penalidades más, son los rasgos que empiezan a caracterizar la vida en la antigua Barcino. Escaparate triste por el que se asoma aquel antiguo burgués que se vanagloria de lo que algún día fue y ya nada queda. Pero los habitantes de esta ciudad, pese a todo, seguimos enamorados de ella y aunque nos lamentamos ciento y una mil veces de la maldita gestión que unos y otros hacen de nuestra vida urbanita, pocos renunciaríamos a levantarnos a diario en esta ciudad brumosa, en la que un día caminas encogido para que la humedad no te carcoma los huesos y al siguiente estarías dispuesto a convertir cualquier fuente cochambrosa en un improvisado jacuzzi para evitar el bochorno infernal, si no fuera porque sabes que acabarían sacándote de ella a palos. Una ciudad de atardeceres violetas frente al Mediterráneo a la que pese a todo, como el tonto enamorado, acabas sucumbiendo mil veces.