viernes, 1 de mayo de 2015

PREGUNTAS



Con todas mis ideas y necedades podré fundar muy pronto una sociedad anónima
 para la difusión de ilusiones hermosas, pero nada fiables.
Robert Walser


Cada vez que sucede una catástrofe nos llevamos las manos a la cabeza, invocamos a cualquier cosa que pueda dar consuelo y, al final, terminamos formulando la misma pregunta “¿Por qué?"  Cuestión absurda porque los desastres naturales, como el ocurrido en Nepal esta pasada semana, no tienen respuesta. La pregunta adecuada, como casi siempre en todo lo que concierne al ser humano, precisa ir más allá de la simple necesidad de una explicación inmediata que pretende intentar dar sentido a un pasado ya irrevocable que casi nunca lo tiene. La pregunta, la que nos debemos, siempre, es  “¿Para qué?” Y es en las respuestas a ese interés a futuro que provoca el interrogante a unos hechos calamitosos que no van a cambiar, donde podemos encontrar alguna salida que siempre se encalla y no llega cuando la pregunta es la equivocada y nos enrocamos en la búsqueda de motivos, de explicaciones, que casi nunca son los que queremos.


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