lunes, 18 de mayo de 2015

STROMBOLI



Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear.
Roberto Bolaño



Crees conocer a alguien y de repente un día, después de una cuantas idas y venidas,  ya no comprendes nada de lo que hace, de lo que dice. Los comportamientos de ese que creías conocer te parecen propios de un marciano, de alguien a quien te enfrentas por primera vez. Pero pasa el tiempo y después de mirar a los cuatro puntos cardinales, al presente y al pasado, e incluso con un poco de terapia mundana, te das cuenta de que en realidad nada de lo que te sorprendió, que incluso te paralizó en tu manera de relacionarte con aquella persona, era realmente algo novedoso. Lo único es que no lo supiste ver, no te lo dejaron ver. Aquel “apuntaba maneras” que en ocasiones se nos escapa cuando hablamos con alguien afectado por una decepción personal, se puede trasladar a uno mismo y tomar de la misma medicina.  Y al final, dándole vueltas a la teja, te das cuenta que, aunque no lo querías ver o no lo veías o, simplemente no te lo dejaban ver, en vuestra relación (la que fuera), ya apuntaba maneras, lo mismo que ahora las apunta en la de los terceros que le rodean. Hay gente que tiene una gran capacidad para comportarse como verdaderos hijos de perra con guante de seda y cuando asoman por la vida de uno, si no se ha sido capaz de ver que bajo la purpurina que lo engalanaba lo que de verdad escondía era una gran vasija de purines, entonces puedes darte por jodido. Pero el tiempo da y quita razones, y solo hace falta sentarse junto a la puerta, sin más voluntad que la de observar a los que pasan, para ver que no fuiste el único cadáver que intentó anotarse en su cuenta de haberes y que, en realidad, tuviste una suerte bárbara el día que, malherido, decidiste hacerte el muerto.