lunes, 20 de junio de 2011

THINGS ABOUT YOU

 
Acabo de pensar que menuda estupidez es el dejar pasar determinadas cosas o personas de nuestra vida. Algo debe estar pasando por mi dura cabezota cuando, por segunda vez, en lo que va de día, me ronda la misma idea. La primera ha sido repantingada en un banco, en plena Rambla Catalunya, con la compañía de Nacho, uno de mis mejores amigos juventud y ahora vecino por cuestiones laborales, mientras hablábamos de las peripecias de un amigo común que, hace ahora un par de años, decidió hacer el hatillo ratonero, dejarlo todo (y cuando digo todo, es todo), cruzar el charco en busca de aquel que quería ser. Hoy hemos sabido de él.

Mientras descansaba mis pies de unas cuñas mortales y él descansaba la hernia discal que mata su espalda (es un gigante que carga a su espalda, más a menudo de lo que debiera, a sus dos mocosos), una pareja de adolescentes, en el banco de enfrente,  se comía a besos. 
Uno de los dos ha suspirado, no sé si ha sido él, he sido yo, o hemos sido los dos a la vez.

Y así, sin saber cómo, ni las enormes gafas de sol, ni las suyas ni las mías, nos han protegido del deslumbrante mediodía que dos chavales, que se morían el uno por el otro, que han transformado la tarde de dos trasnochados taintantos que, por pura envidia y memoria interesada, han empezado a recordar correrías de mil años atrás, cuando las horas se convertían en minutos, cuando no había un duro, cuando los trabajos más cutres servían para ser más ellos y menos los otros, cuando él se devanaba los sesos intentando conquistar a la más guapa de la facultad (y lo hizo) y ella se devanaba los sesos por intentar conquistar al más rarito que encontró en su camino (también lo hizo). Por un momento, ha salido un sol retroactivo, uno enorme, superlativo. 

En unos días volveremos a sentarnos en el mismo banco, él con la corbata floja y la espalda apretando, yo con los pies descalzos apoyados sobre los zapatos. Puede que otros adolescentes vengan a sentarse frente a nosotros, a recordarnos que nosotros también lo fuimos y que, en nuestro fuero interno, nos morimos por ser como ellos. Puede que, simplemente, nos alegremos de vernos, de saber que la vida no nos ha ido tan mal y que, con suerte, en unos días podremos sentarnos de nuevo al sol del verano, y que podremos invitar a la más guapa de la facultad y al más rarito que ella encontró por el camino para que nos acompañen, también son vecinos. Y volveremos, aunque sea por unos minutos, a ese momento que un día, sin saberlo, congelamos para el futuro.

Pd.: No he hablado de la segunda. Bueno, eso lo cuento otro día.