lunes, 27 de junio de 2011

COSAS CON IMPORTANCIA

 

Cuando uno enferma de algo grave genera a su alrededor una corriente en la que se mezcla la compasión, la pena, pero también la solidaridad y el apoyo incondicional de algunas personas. 
Cuando uno enferma,  por lo general, su enfermedad  pasa por delante de todo y la padece en compañía de los más cercanos. Durante la enfermedad, uno pasa sus más y sus menos, sus dolores, sus disgustos, sus momentos deprimentes y, salvo que esté rodeado de desalmados, acostumbra a encontrar la comprensión de los que tiene cerca. Pero, por lo general, al lado de una persona que sufre una enfermedad grave se encuentra los que a su lado, por mor de la propia gravedad, se convierten en personas invisibles, cuyas vidas pierden importancia frente a la terrible situación del otro. Pocas veces se comprenden las angustias, las depresiones, las desesperaciones del que acompaña al enfermo. Por lo general, también, somos muy poco comprensivos con los que cuidan a quien en ese momento lo precisa.  Y la incomprensión es tal que pocas veces el que sufre el daño colateral de la enfermedad de otro (perdida de la propia vida a favor de la del otro) tiene ni siquiera derecho a decir que está cansado, que está triste, que tiene ganas de salir corriendo (y no lo hará nunca) o que echa de menos que, simplemente, alguien le pregunte, a él, ¿Cómo está?

Acompañar a una persona que sufre una enfermedad grave es duro, muy duro. Deberíamos aprender que las enfermedades arrastran no sólo al que la sufre sino a los que viven, conviven, con el que las padece. Hay enfermedades devastadoras más allá del propio enfermo.

Escribo esto pensando en Carlos. Apenas dos minutos de palabras cruzadas para preguntarle cómo está “él”, porque “él” también importa.
© Fotografía naq