domingo, 5 de junio de 2011

WAITING FOR THE LIGHT


Sin pensar, puse en una coctelera un relajante muscular, “La humillación” de Philip Roth y un ligero dolor de cabeza que martillea pero no mata. El resultado de esa mezcla improvisada terminó en un galimatías inexplicable.  
Debió ser por todo ello que la noche se pobló de pesadillas y Axler, el triste Axler, de repente tuvo rostro. Desde la distancia en la que nos colocó lo onírico me miraba desafiante, buscando un enfrentamiento que no pensaba tener. Empezó a recitar, en un tono más bajo de lo habitual, el fracaso personal y la pérdida de la magia. Todos responsables menos él.

Pensé que su quebranto frente al mundo era  un mal menor, a fin de cuenta, ante los demás siempre somos vulnerables y lo que ayer podía parecer delicioso, hoy podía convertirse en lo más odiado sin que uno hubiera cambiado absolutamente nada. Leyó mi pensamiento y me llamó estúpida mientras, dándome la espalda, intentaba dominar su flequillo ralo.

La estupidez, la suya, provenía de no comprender que las personas no nos movemos jamás a la misma velocidad, que las cosas que nos generan el movimiento nunca son las mismas y que jamás se producen en el mismo momento. Simón, que así se llama Axler, me miró son suficiencia y apuntaló su mirada con un despechado comentario sobre quien soy y por lo que lo soy. Le llamé ignorante y le advertí de dejarle colgado en mitad de este sueño inducido para que se perdiera en su propio lodo, sólo de soledad.


Sobreponiéndose a su soberbia de personaje venido a menos, pidió que me quedara. Nos sentamos en el alfeizar de la ventana. Quiso que le leyera aquel párrafo en el que se descubría sonriendo mientras ella le miraba. Le dije que no y le recordé que, a estas alturas de nuestra no relación, debía saber que era él quien debía leerme y no yo. Me sacó la lengua en un gesto desagradable y saltó.  

Desperté empapada en sudor. Intenté recordar mi nombre y por unos segundos no fui capaz de pensar en otro que no fuera Pegeen.


Había olvidado bajar la persiana. La luz mortecina del amanecer dibuja sombras extrañas sobre la almohada. Aquí, allí, su presencia huele a fracaso.
 
Leonard Cohen - Who by fire