miércoles, 29 de junio de 2011

Y SI MUERO, QUE SEA ASÍ, CON CHET BAKER EN MI


Puedo desmayarme, sin sentir verguenza ni rubor alguno, ante la susurrante voz, ante los solos de trompeta, de Chet Baker. Si la fascinación por algo, por alguien, roza la locura es precisamente esa entrega incondicional de mis sentidos a la acariciante voz de Baker.  Es lo irracional de esta loca fascinación lo que la convierte en única. 

Tengo sobre la mesa una copia de “Let’s Get Lost”, un tesoro. Son incontables las veces que la he visto. Puedo repetir una y otra vez. Consigo sumergirme en el mundo de Baker, como un espía medio oculto, mientras me revuelvo en el sofá acorde tras acorde; palabra tras palabra, y observo bajo una fascinación inexplicable a un genio ahogado por su propio talento. 

Pienso en azul y me invade un ataque de melancolía superlativa incrementada por los acordes de “The Thrill is gone”. 

Enrevesados universos, malditos y descreídos que el tiempo entrecruza hasta dejarnos en un caótico estado vital.

Tomo nota, mi caos, su caos, nunca sería el mismo sin Chet Baker. Dejaré que me robe el alma y un poco más, si lo acompaña de “I fall in love too easily” y me susurra, cerca, muy cerca “time after time”.