domingo, 21 de marzo de 2010

DO YOU THINK I'M SEXY?


¿Cuántas veces al día piensas en el sexo? le pregunta mientras están esperando en la máquina fotocopiadora. No sabe si es una pregunta trampa, así que le pide que le repita la pregunta, excusando que con el ruido que hay en ese cuarto no le oye. Él  se lo repite, ¿Cuántas veces al día piensas en el sexo?
Pone cara de asombro pues nunca pensó que Lucas, el guapo enigmático, le hiciera una pregunta como esa. Está acorralada en un cuarto de tres por tres y el calor es un poco sofocante. ¿Que cuantas veces al día piensa en el sexo? Vaya  pregunta, se dice. Sigue sin saber si tiene trampa, así que hace ver que barrunta mucho, simula un mohín de disgusto y con una ligera exclamación le pregunta si ha desayunado bien.
Sigue poniendo papeles en la ranura, continua sin mirarla directamente y  ella oye que murmura algo. Le pregunta que dice, que con el ruidito de la máquina  sigue sin oirle. Contesta que nada, que cosas suyas mientras sale del cuartucho.
Asoma la cabeza por la puerta y ve a Lucas caminar por el pasillo de vuelta a su mesa. Camina pisando fuerte, con la mirada al frente y por primera vez repara en sus hombros anchos, la considerable altura y en un culo lo suficientemente bien puesto si tiene en cuenta que ya no es ningún crio.
Algo le trastorna. Ha mirado el culo de Lucas. Debo estar muy mal, se dice a si misma. Vuelve a su mesa, sin salir de su sorpresa. De camino le entrega unos papeles que se dejó en aquel cuarto. Mientras se los da, sus manos se tocan, sus miradas se cruzan y de repente repara que, tras esas gafas, los ojos de Lucas tienen un mirar especial. Le da las gracias arrastrando las palabras y ella empieza a sentir un ligero cosquilleo que se le encarama por la columna vertebral.
Se da la vuelta y camina hacia mi mesa. Lucas. 
Mira el reloj, lleva media hora sentada en la mesa desde que existió la famosa pregunta. Estira el cuello y por encima de la mampara le observa. No está mal, nada mal. Descuelga el teléfono, marca la extensión de Clara, tiene que preguntarle que le parece Lucas. No está en su mesa. Cuelga. Mejor, eso era una estupidez.
Ahora suena su teléfono, descuelga. Dios! Es Lucas. Quiere saber si tiene listo el balance. Intenta dar una respuesta y se encuentra embrollándose sola. La lengua tropieza cuando le dice que en unos minutos se los lleva a su mesa.
Levanta nuevamente la cabeza, estira un poco más el cuello. Como siga así, antes del mediodía termina con tortícolis. Ve a Lucas desperezándose, y mientras se reclina en su sillón giratorio, adivina un impresionante pectoral que se trasluce tras su impoluta camisa blanca. Santo Dios! Empieza a hacer calor, alguien debería avisar a los de mantenimiento para que regulen el termostato de la calefacción.
Suena el teléfono de nuevo. Es Lucas. Le pide otra vez el balance. Le dice que ya va y  él contesta que no tarde. Se levanta de su mesa, se alisa la falda y siente que le sudan las manos. Camina por el pasillo, con paso firme, como si fuera una pasarela. Se está transformando en alguna clase de animal que no identifica porque camina meciendo las caderas de una manera un tanto exagerada. Llega a la mesa, Lucas la recibe con una media sonrisa burlona
Joder como está Lucas. Le pide que le aclare un dato que no consigue ver desde su posición,  indicándole con un gesto de sus dedos que se acerque. Se inclina sobre la mesa y sus cabezas casi se rozan en la búsqueda del bendito apunte fiscal. Se le empieza a entrecortar la respiración y se da cuenta que, sin saber como, se le ha desabrochado un indiscreto botón de su blusa. Es evidente que empieza a sofocarse.
Se encuentra los ojos de Lucas clavados en su escote, sólo tiene ganas de coger su cabeza y hundirla entre sus pechos. Va a ser mejor que vuelva a su sitio.
Da media vuelta y mientras recorre los escasos metros que separan su mesa de la de él, nota clavada, en toda la retaguardia, la mirada de un tipo que, hasta hace unas horas, no era más que el más enigmático de la oficina y que ahora se ha convertido en un auténtico pirómano.
Son las cinco de la tarde. Lleva más de tres horas pensando en como conseguir que Lucas vuelva al cuarto de la fotocopiadora, tirarlo sobre la máquina y destrozarla mientras se lo come vivo.
Son las seis, hora de marchar. Recoge con cuidado la mesa, alisa su falda, desabrocha, esta vez con toda la intención, el botón de su blusa y se va, contoneando las caderas, hasta la mesa del que empieza a ser "el hombre". Tiene una proposición que hacerle, cree que después de estar pensando en el sexo con Lucas durante todo el día, ha llegado el momento de pasar a la acción. Empieza a buscar una excusa mientras, a modo de disculpa avanzada, se dice: llamémosle estado de necesidad inducido por un macizo que con una pregunta la mar de tonta, acaba de provocarme un subidón que sólo él puede frenarlo. 
Lucas hoy ha jugado fuerte y se va a llevar el premio. Ella también.

Rod Steward -Do you tink I'm sexy?