domingo, 21 de marzo de 2010

LEITMOTIV


Con la contradicción como leitmotiv de mi vida puedo decir que llevo unos días en que mi yo no se pelea contra mi otro yo. Mi bipolaridad es hartamente conocida. La falta de conflicto es novedosa pues no negaré que, en los últimos tiempos, mis dos yos vienen librando unas batallas feroces. Pero creo que ambos andan agotados, llevan meses con la artillería a toda máquina y creo han decidido darse una tregua. En estos momentos se mantienen uno frente al otro, se miran, se miden, pero sigue cada uno en su lado del ring, sin provocar ningún altercado, viven y dejan vivir. Debe ser por eso que los días vuelven a ser sosegados y hasta placenteros. Quizás por eso este fin de semana ha sido especialmente bueno.
Me gustan los días como el de hoy.  Días que sin quererlo me devuelven a mí misma, alejándome de lo circunstancial que me perturba.  Me gustan los domingos que se levantan con bruma, y me gustan más cuando puedo sentarme a perderme mentalmente, sin tener que ser rápida, audaz e intrépida, y me gusta muchísimo más cuando puedo hacerlo bajo el abrigo de una neblina fantasmal que viste la irrealidad de la tranquilidad que siento.
Me gusta estar despistada, torpe, lenta,  perderme entre líneas, tener que volver a leer lo que tengo delante, volver a pensar sobre lo pensado, mirar al fondo de la taza para ver si puse el azúcar en el café porque olvidé si ya lo hice, abrir el libro y señalar con el lapicero aquello que tanto me gusta y que yo no habría sabido cómo expresarlo. Me gusta sentir el salitre en la cara mientras cojo con fuerza un tazón ardiendo. Me gusta sentarme en las sillas de metal que me enfrían la espalda y que me recuerdan que ya no soy tan joven. Y todo eso, esas cosas tan simples, es lo que a mí me hace feliz. Así que hoy, conseguí tener todo eso durante un buen puñado de horas. Mi silla favorita en un rincón de la Barceloneta aún desconocido para muchos. La única silla que cae al lado de una oxidada barandilla de metal que a mí me permite apoyar los pies y abandonarme al paso de las horas sin cansarme. He sentido como se me congelaba la espalda mientras las manos se me enrojecían por el calor que desprendía el tazón que sujetaba. He sentido como el sentido común volvía a casa. Así que hoy, en una papelera insignificante de un rincón de la Barceloneta, acunada por la brisa del Mediterráneo, reposan los trozos de papel en los que estampé mi última locura.
Me siento bien.