lunes, 16 de abril de 2012

EL CIERZO



La crisis ha dejado el edificio a medias y al parecer, los dos, que somos adversarios, hemos escogido el mismo banco. El más vetusto, el más deslucido de todo el pasillo. Personalmente no nos conocemos, nunca nos hemos visto, pero él me reconoce a mí y yo a él. Nos estrechamos la mano, los saludos de rigor y el aviso perpetuo “vamos con retraso, pueden ir a tomar un café, si quieren”.
Nos miramos y sabiendo que estamos cometiendo una falta que el poder del dinero, de saberlo, jamás nos perdonaría, caminamos despacio hasta la cafetería de enfrente. Entre los dos sumamos casi cien años, casi tantos como las tazas en las que nos sirven dos cafés hirviendo. 

Pensando que mataba el tiempo por no ser descortés, descubro que aquel que me remite correos de acero, ese que no ha levantado una sola vez el teléfono para intentar limar asperezas, es, en la distancia corta, de una extrema sensibilidad y amabilidad.
Mientras me explica lo mucho que ha crecido la ciudad desde que llegó buscando alejarse del bullicio tremebundo de las grandes urbes, suena su teléfono móvil, me pide disculpas y alejándose un par de pasos de la mesa, inevitablemente, termino escuchando una conversación personal que me confirma la impresión de los últimos veinte minutos. Vuelve sobre sus pasos y al sentarse me pide de nuevo disculpas. Se interesa por mi viaje, por cómo llegué a estar dónde estoy, sobre lo difícil que se está poniendo todo y las ganas que tiene de retirarse, irse con su mujer a vivir al campo. Una casa en un páramo solitario, batido por el cierzo y desde la que puede ver, durante los amaneceres recios, como la línea del cielo acuna amorosamente la tierra yerma. 

Mientras le escucho no puedo evitar pensar, y se lo digo, en aquel poema de Rilke que dice algo así: “Amo las horas oscuras de mi ser/ en las que se ahondan mis sentidos/ en ellas, como en viejas cartas/ hallo mi vida cotidiana ya vivida/ y lejana y olvidada como una leyenda”.
Debemos volver. Cruzamos la calle y al otro lado queda el gesto amable, las palabras blandas. Miro el reloj mientras volvemos a sentarnos cada uno en la esquina del viejo banco. No hay nada que hablar, todo lo que había que decir se lo dijeron antes otros. Sin embargo, le descubro mirándome de reojo mientras yo hago lo mismo. Miro al frente y no puede evitar sonreírme. En el reflejo de la ventana veo en él idéntico gesto. 

Los dos hemos ganado, eso lo tengo claro.