lunes, 9 de abril de 2012

MERCYLESS TIME


En una esquina, pegado a una madera, colgaba un calendario con forma de taco. Día tras día, sin fallar uno sólo, una u otra, subíamos a la silla para arrancar la hoja que durante veinticuatro horas había presidido un rincón medio oculto en el comedor.  El paso del tiempo se medía por cosas sencillas: la llegada del fin de semana, los campamentos de verano, un cumpleaños, unos zapatos nuevos. Pero la evidencia de que el tiempo pasaba eran esas hojas pequeñas que, día a día, aligeraban la madera que las sostenía.

El tiempo era un elástico infinito.

Pero su cadencia inflexible es terriblemente engañosa. Ya no arranco hojas a un calendario. Dejé de tachar los días cuando las horas eran insuficientes. Nunca son suficientes y el elástico parece no poder dar más de sí.

En la cocina, pegados en la puerta del frigorífico, decenas de papelitos engomados, notas que me recuerdan que el paso del tiempo tiene sus propias normas, sus propias penitencias y que tensar en exceso la goma sobre la que se sostiene acaba por romperla y golpearte, inmisericordemente, en la nariz.