martes, 17 de abril de 2012

CORTEZAS

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Me senté a la sombra de un inmenso alcornoque, sintiendo en los muslos la aspereza de la pinaza que cubre el suelo como un manto desolado. Se me avivó el recuerdo y le eché de menos. 

Acaricié la corteza y me entretuve con los nudos rugosos que esconden los años vividos. Los reseguí con fuerza para no olvidar que el mundo existe más allá de los pensamientos inciertos. Me dolieron las yemas de los dedos.

Nos separan veinte años. Fue entonces cuando, sin sabernos, nos colgamos de los hilos con el que hemos tejido, a la par, dos telas de araña distintas, lejanas, invisibles, densas y falsamente cálidas que nos atrapan con el acogedor engaño del hoy. 
Sentí el olor del romero aún húmedo y retrocedí a ese momento en el que todo era posible. Por eso, imagine de nuevo su presencia infinita y no pude por menos que abrazarme a ella para mantenerme y no caer ante el endeble equilibrio que todo lo sostiene. 

Convertí el silencio en un sentimiento incierto. Cerré los ojos y retorné con el roce tosco de la corteza centenaria que me recordó que ya no necesito nada, sólo saberle.