Día de trastos y, frente al portal, cuatro sillas blancas. Un poco más allá, cuatro sillas más, ahora de madera, desvencijadas y con ganas de morirse y del todo. La ciudad está patas arriba y el personal ha decidido cambiar la sillería. Camino con los auriculares puestos escuchando un podcast sobre cine. Hablan de Billy Wilder, de la magia del Hollywood de los años 50, y de la “Tentación vive arriba". Un suspiro se me atraviesa entre Gran Vía de Carlos III y Diagonal. El locutor nos recuerda que, de vivir, Norma Jean cumpliría cien años. Pero eso, como casi todo, es una certeza que no sirve para nada. Algo así como saber que, de vivir, Jesucristo tendría dos mil veintiséis años y no habría muerto en la cruz, como Marilyn no habría muerto a base de ansiolíticos, alcohol y desamor. Doblo la esquina y temo tropezar con otro par de sillas ruinosas, pero no. No hay sillas. No hay más que una acera infinita que se ensancha hacia el mar.

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