lunes, 25 de mayo de 2026

SARAH

 


Suena el teléfono. Meto la cabeza debajo de la almohada y aprieto fuerte. Odio su timbre. Odio tener la sensación de que todo pende de la mala ventura, de un mal futuro que nos pisa los talones, aunque parezca un contrasentido absoluto. Un mañana que aprieta por detrás. Odio todo lo que tiene que ver con las llamadas a destiempo. Descuelgo sin mirar y una voz rijosa, tan desagradable como artificial, me hace participe de un sorteo. Me muerdo la lengua y tiro el teléfono dentro del cajón de la mesilla de noche. Aquí son las seis de la mañana, las once de la noche en Wisconsin. Pero ya me he desvelado y la cabeza se pone en marcha con pensamientos intrusivos, recurrentes y el martilleo constante de no saber que hacer ahora que su cabeza se va apagando y la mía parece gobernada por un hámster loco que la hace rodar a mil por hora. Me desfondo y por fin sé de qué se trata. A ratos me convierto en una especie de “Sarah”*, que se balancea entre un cuidado feroz, las ganas de desaparecer y un infinito sentimiento de culpa aplastante. Hago lo que puedo, pero, ni siquiera para mí misma, nunca es suficiente y estoy agotada. Me levanto a por un vaso de agua y vuelvo a la cama. Esperaré a que den las siete para ir a la ducha y recitaré para mí, una vez más, la carta a los Corintios. La demencia no descansa, ni siquiera en Pentecostés.





* Love Actually

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