Me pido un café con hielo. Me
recolocó el pendiente mientras espero. Mañana hará tres semanas de su
colocación. Apenas queda molestia, pero su brillo, de titanio farmacéutico, me
hace feliz. Los veladores aún están vacíos y puedo escoger. No es lo normal.
Puede que sea porque es domingo y es demasiado pronto. Puede que sea una trampa
del destino, que escoja la mesa más aireada y que acabe con una cagada de gaviota
presidiendo el primer café del día.
Pasa un tipo que pasea el perro como si lo estuviera preparando para la San Silvestre vallecana. Menudo personaje. Es un desalmado que ayer hizo llorar a la cajera del supermercado que andaba desbordada. Siempre hay un imbécil que te puede fastidiar el día. El de la cajera llegó ayer en forma de calvo orejudo, que hoy corre con un caniche al que le quedan dos cortes de pelo. Es domingo, pero podría ser cualquier otro día, o no porque, de ser así, no estaría sentada pasando la mañana y sorprendiéndome de los parecidos razonables que pueblan la faz de la tierra. Santi murió hace ya muchos meses y lejos de aquí. No le vi muerto, ni asistí a su entierro, sólo a una misa funeral presidida por un retrato que llegó dos semanas más tarde. Pensándolo bien, eso no es garantía de que el muerto esté muerto y puede que acabe de pasar con unos auriculares puestos detrás del imbécil del caniche. Pido un segundo café y me viene a la cabeza la idea loca de que fuera de aquí, en esa tierra que todos desean que sea leve cuando ya no respiras, ni suspiras, debe haber una plaza llena de conocidos en la que más adelante nos encontraremos todos. Allí empiezan a haber más conocidos que aquí. Y puede que entre todo el personal que allí se vaya reuniendo esté el imbécil del caniche, el tipo que se parece a Santi, y el mismo Santi ciscándose en el que escogió la foto el día de su funeral.
Pasa un tipo que pasea el perro como si lo estuviera preparando para la San Silvestre vallecana. Menudo personaje. Es un desalmado que ayer hizo llorar a la cajera del supermercado que andaba desbordada. Siempre hay un imbécil que te puede fastidiar el día. El de la cajera llegó ayer en forma de calvo orejudo, que hoy corre con un caniche al que le quedan dos cortes de pelo. Es domingo, pero podría ser cualquier otro día, o no porque, de ser así, no estaría sentada pasando la mañana y sorprendiéndome de los parecidos razonables que pueblan la faz de la tierra. Santi murió hace ya muchos meses y lejos de aquí. No le vi muerto, ni asistí a su entierro, sólo a una misa funeral presidida por un retrato que llegó dos semanas más tarde. Pensándolo bien, eso no es garantía de que el muerto esté muerto y puede que acabe de pasar con unos auriculares puestos detrás del imbécil del caniche. Pido un segundo café y me viene a la cabeza la idea loca de que fuera de aquí, en esa tierra que todos desean que sea leve cuando ya no respiras, ni suspiras, debe haber una plaza llena de conocidos en la que más adelante nos encontraremos todos. Allí empiezan a haber más conocidos que aquí. Y puede que entre todo el personal que allí se vaya reuniendo esté el imbécil del caniche, el tipo que se parece a Santi, y el mismo Santi ciscándose en el que escogió la foto el día de su funeral.

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