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jueves, 10 de julio de 2014

MACMINE BRIDGE


"Y mientras el tren cruzaba Macmine Bridge en dirección a Wexford,Eilis imaginó los años venideros,
 cuando aquellas palabras significarían cada vez menos para el hombre que las había escuchado y cada vez más para ella. Casi sonrió al pensar en ello, después cerró los ojos e intentó no imaginar nada más".


El manido “las casualidades no existe” es un dicho al que recurro con frecuencia porque realmente creo que es así. Una cosa llama a otra, o la atrae, o la repele, pero no hay nada que se presente sin una motivación previa, o lo que sea previo. Lo creo de verdad. La vida de cada uno se conforma a base de los eslabones, a modo de cadena, que se van formando con las elecciones que realizamos en cada momento. Escoger una cosa u otra, relacionarse con unos o con otros, va a configurar el mañana de una manera muy precisa. No creo en la predeterminación de nada, pero tampoco en un azar misterioso y mágico que lleva a que las cosas sucedan porque sí. Nuestras decisiones, para bien o para mal, nos llevan a un futuro que poco a poco se dirige hacia el lugar en el que terminaremos, lo queramos o no, porque somos la consecuencia de nosotros mismos.

Si tuviera que explicar el motivo por el que esta tarde me hago esta reflexión podría simplificarlo en un: Al final nada fue casual, ni siquiera ésto que ahora escribo. Hace apenas unas semanas leía un artículo de Enrique Vila-Matas  en el que mencionaba a Colm Tóibín y  su modo de escribir. Pocos días antes había comprado un ejemplar de bolsillo de “Brooklyn” para leer en el AVE. Tres horas de ida y tres horas de vuelta, con el móvil apagado y sin que nadie te moleste, dan para mucho leer. Y leí intentando que mi ánimo no se viera influenciado, por Eilis*, por los giros que va dando su vida a fuerza de decisiones que parecen siempre adoptadas por otros que no sea ella misma, y por esa fotografía banal que cobrará una trascendencia simbólica con una carga vital absoluta. Difícil, sinceramente. Los que leemos leyendo de verdad tenemos complicado el abstraernos de lo que les pasa a esos compañeros de viaje que escogemos entre el papel si, como es el caso, el que lo escribe lo hace de un modo tan absolutamente bien que terminas incrustado dentro de la novela, colocado de un modo expectante sobre el hombro de alguno de los personajes, en mi caso y con “Brooklyn”, sobre el hombro de Eilis.

A finales de la semana pasada, recibí una invitación. Colm Tóibín estaría en Barcelona. Nada de literatura, al menos de la propia, y sí alguna referencia a la de George Orwell. Tóibín venía a casa para hablar precisamente sobre el “Homenaje a Cataluña” de Orwell, de su estancia en la Barcelona de 1.936, de los movimientos anarquista catalanes, del destino del POUM, de las posturas burguesas ante los cambios sociales de la época, de la transición de Orwell desde posicionamientos antifascistas a posicionamientos anti-stalinistas, de su huida a Francia antes de terminar en manos de unos u otros (al parecer, todos tenían algo por lo qué perseguirle). Continuó su charla hablando sobre la transición de este país, de su propia vivencia en el año 75, de la democracia que hoy nos duele por las costuras, y de la necesaria reconciliación entre los bandos de una guerra civil fratricida.




Debo decir que fue un absoluto placer escucharle, sobre todo porque más allá de lo anecdótico o incluso de la carga ideológica que su charla pudiera tener, hay algo que siempre es de agradecer a los buenos oradores y es que estén informados, sean capaces de provocar que cuando vuelvas a casa sigas pensando en lo dicho, aunque puedas no estar de acuerdo y extraer tus propias conclusiones. Sin embargo, cuando me preguntaron qué me había parecido la jornada, además de decir que total y rotundamente estupenda, no pude evitar decir que me había quedado con mi copla por dentro, con mi necesidad de agarrarle de la pechera, con la intensidad que mi propia comezón demanda, y preguntarle: ¿Cómo se puede escribir algo como “Brooklyn” y no morir en mitad del camino? La casualidad no existe y yo estaba allí para preguntarle sobre ello, debí preguntárselo allí mismo, lo sé.




* Eilis es la protagonista de la novela "Brooklyn" de Colm Tóibín.


domingo, 14 de julio de 2013

COSAS QUE HACER EN DOMINGO





Esta es una ciudad calurosa, cosa de la humedad, del exceso de asfalto y de vivir cercado por la muralla natural que forma un monte que empieza a superpoblarse y el espeso Mediterráneo. Buscar alternativas a una playa sucia que huele a "Coopertone", sudor y a cachaza venenosa puede ser un ejercicio de riesgo, algo así como una muerte bajo el sol.





Pero, si aún estás dispuesto a ello, puedes calzarte unas sandalias, adentrarte en el lado más canalla de la ciudad, dejar que las aceras se te peguen a las suelas de los zapatos y perderte un rato en el "Archivo Bolaño". Cosa de locos y de los que creemos, como dijo el autor, que, en el fondo, la parodia, sólo disfraza el deseo enorme de ponerse a llorar.
 
Pero puede que el inmenso calor que hoy nos tortura te tenga a la sombra frente a tu portátil, y si es así, que lo es, puedes asomarte un rato por el enlace que sigue a estas líneas:






Aunque puedes esperar a que baje el sol y acercarte a alguno de los pocos cines que quedan ya, y pasarte las siguientes dos horas debatiéndote entre si lo mejor de algunas películas es su fotografía, su banda sonora o el misterio que se combina en el intento de vendernos una moto bien vestida, inocentona, y que encima consigan que paguemos por ella. 



Pero puede que no sea nada de todo lo anterior lo que te apetezca, no. Puede que lo único que quieras sea encerrarte en tu mundo y repasar todo aquello que dejaste atrás y ya no pesa, o recrearte en un presente que no sabes hacía dónde te lleva, o en un futuro, a todas luces torticero, que está por llegar. Y puede que sólo te apetezca releer las cartas que un día escribiste y nunca enviaste. 

Aunque lo cierto es que hay cientos de miles de cosas que hacer en domingo, ninguna como estar junto a ti, matando las horas, sin hacer nada, solo dejando la vida pasar.


martes, 18 de septiembre de 2012

PALIMPSESTO o "CIUDAD ABIERTA" DE TEJU COLE




Debería poder llegar en ese tiempo pero tengo que cruzar el centro y, aunque la distancia no es grande, si quiero llegar debería caminar más rápido, pero no puedo correr, no quiero correr.

Un dragón sobre las chinelas, aunque sea dorado, no sirve para volar.

Esta tarde, a la caída sol, Teju Cole presenta en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona), su última novela “Ciudad abierta”. Durante todo el día me he debatido en mi propia contradicción: asistir-no asistir.

¿Podría, sin sufrir una franca decepción, escuchar a quien para mí ha escrito una de las novelas más bellas de la temporada? ¿Podría alejar a Julius, el protagonista de la novela, de este encuentro y no comparar al escritor con un personaje con el que, a priori, parece converger?

No son pocas las veces que tengo grandes dudas sobre la bondad de conocer, fuera del contexto de sus obras, a quienes las crean. La lectura de una novela, en realidad de cualquier obra, es siempre subjetiva. De ese modo, aun cuando el lector intente adoptar una postura madura frente a lo escrito, colocándose incluso a una sana distancia del autor, es inevitable, casi imposible, que aquel no se forme una idea, casi siempre equivocada, sobre la personalidad del escritor, identificándole, más equivocadamente aún, con los personajes de sus libros, sobre todo cuando estos son de corte intimista. Y estos frecuentes errores de bulto que los lectores cometemos, que casi podríamos calificar de pecados capitales de la lectura libre, son los que, con el tiempo, me invitan a mantener la prudente distancia con el hombre, la mujer, que hay en la sala de máquinas de cada novela.


Pero, siguiendo a mi propio contradictorio devenir, cuando apenas faltaban quince minutos para el inicio del encuentro con Teju Cole, y maldecía sordamente la infernal huelga de transporte público que me obligaría a tener que volver andando a casa, desdiciéndome de las mil razones por las que había decidido no acudir a la presentación, he cruzado el patio del vetusto edificio de la calle Montealegre, he subido, casi cabizbaja, al Mirador donde el autor estadounidense, de raíces nigerianas, presentaba su segunda novela, “Ciudad abierta”.

Durante una hora he escuchado con atención las explicaciones del autor. No voy a reproducirlo porque, con toda seguridad, podrán tener acceso a esta charla a través de la página del CCCB.  De toda la intervención del escritor, me quedo con la lectura, pausada, envolvente, que el mismo ha realizado de uno de los  fragmentos de su novela. El resto, pues lo esperado, prescindible. 

Sin embargo, no puedo dejar de recomendar una lectura sosegada, sin prisas y viva de “Ciudad abierta”, el segundo libro del autor. Una novela sin trama, deliciosamente escrita, situada en Nueva York en la que su protagonista, Julius, con sus enormes contradicciones, pasea por la ciudad y, de un modo sobrio, solitario y melancólico, casi de la mano, nos muestra los entresijos de una ciudad que ha sufrido un trauma terrible (el 11S, la novela se sitúa en el año 2006), y los suyos propios. Un hombre interactuando con una ciudad, mostrándola paso a paso. Con un lenguaje preciso, extremadamente bello, convierte las calles, sus paisajes, sus imágenes, en una prolongación de su propia existencia, de sus propios temores, de su vida. 
Porque las personas, como las ciudades, tenemos mil caras, mil capas, y experiencias que acumulamos y nos deja marcas indelebles como en los viejos palimpsestos.

************ 

 "Me gustaba el murmullo de los locutores, el sonido sereno que llegaba desde miles de kilómetros de distancia. Bajando el volumen de los altavoces del ordenador, miraba afuera, acurrucado en el solaz que ofrecían las voces, y no me costaba comparar mi situación en un apartamento exiguo con la del presentador o la presentadora en su cabina radiofónica en lo que debía ser la medianoche de algún lugar de Europa. Todavía hoy en mi mente aquellas voces incorpóreas están conectadas con la aparición de los gansos primera parte que emigran. No es que en realidad haya alcanzado a ver las migraciones más de tres o cuatro veces en total: lo que veía la mayoría de las tardes eran los colores crepusculares del cielo, sus azules de pólvora, sus rubores sucios, sus óxidos, todos los cuales paulatinamente dejaban paso a la sombra profunda. Cuando se hacía de noche tomaba un libro y leía a la luz de una vieja lámpara de mesa que había rescatado de uno de los contenedores de la universidad; la bola de vidrio que encapuchaba la lamparilla teñía de una luz verdosa mis manos, el libro, el deslucido tapizado del sofá. A veces incluso leía en voz alta, y al hacerlo notaba lo extrañamente que mi voz se mezclaba con el murmullo de los locutores radiofónicos franceses, alemanes u holandeses, o con la fina textura de los violines de las orquestas, todo esto intensificado por el hecho de que, cualquiera que fuese el libro que estaba leyendo, probablemente había sido traducido de alguna lengua europea".

jueves, 1 de marzo de 2012

NUNCA EL TIEMPO ES PERDIDO -MESFOTOPERIODISME al CCCB-



Hace casi un año la tierra rugió, se sacudió el polvo de los hombros y convirtió el mar en una gigantesca ola que arrasó Japón, trasnsformando parte de la isla en un páramo yermo. Por primera vez oímos hablar de Fukushima, de Minamisanriku, de Miyagi, y de algún otro lugar que, pasadas las semanas, olvidamos para continuar con nuestras vidas, y no volvimos a pensar más.



El día ha empezado muy pronto. Un taxi me recogía a las 05:30 a.m. para dejarme en la estación del tren. A medio camino y a una velocidad de 285 kilómetros hora, recibo una llamada, cambio de planes. Busco un billete de vuelta y a media mañana vuelvo a estar en el punto de partida. He descrito un círculo  casi perfecto en apenas tres horas.

Tres horas después, cerrando el círculo, estoy en el CCCB. Se inaugura la exposición “Mésfotoperiodisme". Tenía especial interés en no perdérmela y, al final, por aquellas cosas inexplicables que a veces ocurren, cambio una sala lúgubre por esta espectacular muestra.  Apenas hay nadie, y no es porque no merezca la pena, sino porque dudo que para la mayoría el pasado reciente pueda tener interés. Sin embargo, lo tiene y mucho.


Recorro los pasillos vacíos, en casi penumbra y, sin prisa, me siento para contemplar las fotografías que Martina Bacigalupo realizó a Filda Adoch. La crónica de una vida cotidiana en un campamento de Uganda.  Las fotografías, todas en blanco y negro, conmueven. A Filda le falta una pierna, una mina antipersona acabo con ella. Una mujer coraje a la que los rebeldes arrancaron dos maridos, un hijo y la mutilaron de por vida.  
Con sus fotografías Bacigalupo demuestra que es posible narrar una vivencia  mediante la imagen, explicar el horror de la historia sin quedarnos sólo en los momentos de violencia exacerbada. Bacigalupo recibió el premio Canon Mujer Foto-periodista 2010 de la "Asociación de mujeres periodistas".


Sigo caminando sin encontrarme a nadie. No encuentro nada por el camino, salvo el horror de las revueltas del Yemen, de Libia, Egipto y Barehin. 
Yuri Kozyrev lo retrata con una crudeza estremecedora. 


El horror de los cuerpos calcinados, de los muertos, de los que esperanzados claman por las calles.


Y al final, “Japón 2011”, y de golpe, Fukushima, el tsunami, la destrucción vuelve a estar presente. Una colección de fotografías espectaculares, estremecedoras, seleccionadas por la revista "Days Japan", de entre la obra de más de cuarenta fotógrafos japoneses (Kazuma Obara, Kuri Takashashi, Ryuichi Hirokama, Toru Harai, Toru Nakata, entre otros mucho), que muestran las consecuencias de aquella ola bestial que arrasó Japón y mantuvo en vilo al mundo, pero sólo durante el tiempo que aquellas brutales imágenes estuvieron en su retina. Pero hoy vuelven, cuando apenas hace un año de todo aquello, para que no olvidemos.


Se me termina el tiempo, tengo que volver a la rutina. Voy a volver caminando, pensando en lo visto, en lo que espero no tener que ver jamás, y en lo que nunca veré por mucho que lo quiera. 


Un cambio de planes de última hora, un buen cambio, para mí y mi conciencia. Y es que siempre es así, los mejores planes son los que no se planean, los que se improvisan aunque sea de una manera extraña como hoy.

Me sobra la americana, me faltan las gafas de sol, y un par de horas de sueño, pero no puedo por menos que dar por bien empleados los kilómetros andados y desandados para nada. 

Les recomiendo vivamente que improvisen, si pueden. Y, si no es posible, no duden en organizarse y pasarse por esta exposición, seguro que no les decepcionará.

http://lavidaesunsusurro.blogspot.com/2011/03/japon.html