martes, 18 de septiembre de 2012

PALIMPSESTO o "CIUDAD ABIERTA" DE TEJU COLE




Debería poder llegar en ese tiempo pero tengo que cruzar el centro y, aunque la distancia no es grande, si quiero llegar debería caminar más rápido, pero no puedo correr, no quiero correr.

Un dragón sobre las chinelas, aunque sea dorado, no sirve para volar.

Esta tarde, a la caída sol, Teju Cole presenta en el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona), su última novela “Ciudad abierta”. Durante todo el día me he debatido en mi propia contradicción: asistir-no asistir.

¿Podría, sin sufrir una franca decepción, escuchar a quien para mí ha escrito una de las novelas más bellas de la temporada? ¿Podría alejar a Julius, el protagonista de la novela, de este encuentro y no comparar al escritor con un personaje con el que, a priori, parece converger?

No son pocas las veces que tengo grandes dudas sobre la bondad de conocer, fuera del contexto de sus obras, a quienes las crean. La lectura de una novela, en realidad de cualquier obra, es siempre subjetiva. De ese modo, aun cuando el lector intente adoptar una postura madura frente a lo escrito, colocándose incluso a una sana distancia del autor, es inevitable, casi imposible, que aquel no se forme una idea, casi siempre equivocada, sobre la personalidad del escritor, identificándole, más equivocadamente aún, con los personajes de sus libros, sobre todo cuando estos son de corte intimista. Y estos frecuentes errores de bulto que los lectores cometemos, que casi podríamos calificar de pecados capitales de la lectura libre, son los que, con el tiempo, me invitan a mantener la prudente distancia con el hombre, la mujer, que hay en la sala de máquinas de cada novela.


Pero, siguiendo a mi propio contradictorio devenir, cuando apenas faltaban quince minutos para el inicio del encuentro con Teju Cole, y maldecía sordamente la infernal huelga de transporte público que me obligaría a tener que volver andando a casa, desdiciéndome de las mil razones por las que había decidido no acudir a la presentación, he cruzado el patio del vetusto edificio de la calle Montealegre, he subido, casi cabizbaja, al Mirador donde el autor estadounidense, de raíces nigerianas, presentaba su segunda novela, “Ciudad abierta”.

Durante una hora he escuchado con atención las explicaciones del autor. No voy a reproducirlo porque, con toda seguridad, podrán tener acceso a esta charla a través de la página del CCCB.  De toda la intervención del escritor, me quedo con la lectura, pausada, envolvente, que el mismo ha realizado de uno de los  fragmentos de su novela. El resto, pues lo esperado, prescindible. 

Sin embargo, no puedo dejar de recomendar una lectura sosegada, sin prisas y viva de “Ciudad abierta”, el segundo libro del autor. Una novela sin trama, deliciosamente escrita, situada en Nueva York en la que su protagonista, Julius, con sus enormes contradicciones, pasea por la ciudad y, de un modo sobrio, solitario y melancólico, casi de la mano, nos muestra los entresijos de una ciudad que ha sufrido un trauma terrible (el 11S, la novela se sitúa en el año 2006), y los suyos propios. Un hombre interactuando con una ciudad, mostrándola paso a paso. Con un lenguaje preciso, extremadamente bello, convierte las calles, sus paisajes, sus imágenes, en una prolongación de su propia existencia, de sus propios temores, de su vida. 
Porque las personas, como las ciudades, tenemos mil caras, mil capas, y experiencias que acumulamos y nos deja marcas indelebles como en los viejos palimpsestos.

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 "Me gustaba el murmullo de los locutores, el sonido sereno que llegaba desde miles de kilómetros de distancia. Bajando el volumen de los altavoces del ordenador, miraba afuera, acurrucado en el solaz que ofrecían las voces, y no me costaba comparar mi situación en un apartamento exiguo con la del presentador o la presentadora en su cabina radiofónica en lo que debía ser la medianoche de algún lugar de Europa. Todavía hoy en mi mente aquellas voces incorpóreas están conectadas con la aparición de los gansos primera parte que emigran. No es que en realidad haya alcanzado a ver las migraciones más de tres o cuatro veces en total: lo que veía la mayoría de las tardes eran los colores crepusculares del cielo, sus azules de pólvora, sus rubores sucios, sus óxidos, todos los cuales paulatinamente dejaban paso a la sombra profunda. Cuando se hacía de noche tomaba un libro y leía a la luz de una vieja lámpara de mesa que había rescatado de uno de los contenedores de la universidad; la bola de vidrio que encapuchaba la lamparilla teñía de una luz verdosa mis manos, el libro, el deslucido tapizado del sofá. A veces incluso leía en voz alta, y al hacerlo notaba lo extrañamente que mi voz se mezclaba con el murmullo de los locutores radiofónicos franceses, alemanes u holandeses, o con la fina textura de los violines de las orquestas, todo esto intensificado por el hecho de que, cualquiera que fuese el libro que estaba leyendo, probablemente había sido traducido de alguna lengua europea".