jueves, 13 de septiembre de 2012

"AMIGOS CLASE A" y "PLAN B"


Huyo de las personas que dicen tener muchos amigos, de los que dan exageradas muestras de afecto sin motivo y de los que creen que las relaciones son de plastilina y puede modelarla a su antojo sin contar con el que tienen enfrente.
Por eso puedo presumir de tener muchos conocidos (a algunos los conozco muy bien) y de tener pocos amigos. A estos últimos puedo contarlos con los dedos de las manos y me sobra algún que otro dedo.
Pero la tendencia natural a llamar amigo a cualquiera que se nos arrima hace que algunas personas se confundan. Sin embargo, en mi caso, yo lo tengo claro, si a todo aquel al que conocemos y mantenemos una cierta relación tenemos que llamarle “amigo”, yo les llamo “amigos clase B” y a los de verdad (que en realidad son los principales, los únicos), esos son los “amigos clase A”. Aquellos donde la reciprocidad lo preside todo, sobre todo  en el envite de la oferta y la demanda en aquello del tú y yo.
Esta clasificación entre “A” y “B” no es mía, se fraguó un invierno de 1986 en el bar de la facultad de medicina mientras diseccionábamos el mundo y a nosotros mismos. Han pasado más de veinte años.

11 de noviembre de 2010. Los “A” corremos arriba y abajo, dejamos niños en el colegio, a nuestros mayores asistidos y recogidos, quemamos suela y alma a cada minuto que trascurre pero hoy, como en otras ocasiones, después de todo eso, hemos aparcado nuestras carteras, los fonendoscopios, nuestros papeles, nuestros libros, y hemos dejado todo eso descansando  a los pies de una simple mesa de metal, tosca y fría, como en la que nos sentábamos en 1986. Nos sacamos las corbatas, los foulards y volvemos a los veinte años, cuando todo estaba por hacer. Miramos al mar mientras removemos los cafés que sustituyen las cervezas de entonces y nos reconocemos. Somos clase “A”. Hemos hecho pellas, tenemos un Plan B, tenemos que rescatar a uno de los nuestros que se hunde. Una hora, no es demasiado. Por eso el café esta mañana sabe mejor que nunca. Los problemas, las decepciones y el  mañana incierto han quedado aparcados en la puerta y todo nos parece más menudo, más soportable. Reconocernos, con todo lo que llevamos a cuesta, es un lujo. Sólo nos falta uno, lo perdimos hace ya muchos años pero hablamos de él. Nos sonreímos hasta que las risas nos encaminan a las lágrimas espesas, esas que asoman y no caen. Pero ahí estamos, nos cuidamos, en la distancia, pese a los años, por eso siempre tenemos a mano un “Plan B”.


Simple Minds - Don`t You Forget About Me