sábado, 15 de septiembre de 2012

LA FAVORITA



Desde la nostalgia, apuntalada por una luna casi invisible, los noctámbulos que sobreviven sus horas imposibles recuperan momentos que no existieron nunca.

Por el resquicio de la ventana, apenas entra un poco de luz. Una luz mortecina, exhausta y temblona. Pongo el portátil sobre la mesa, enciendo y mientras espero a que se caliente el horno, busco entre la pila de notas las últimas que dejé escritas.

Voltaire no está de moda, como tampoco lo están los boxer, ni la camisa que llevo puesta. Los miro y me sorprendo que aún soporten noches de vueltas y más vueltas. Tampoco lo está la claridad, ni siquiera la clemencia con uno mismo.


"Son tantas las causas secretas que con frecuencia se mezclan a la causa aparente, son tantos los resortes desconocidos que sirven para perseguir a un hombre, que a los siglos posteriores les resulta imposible discernir la fuente oculta de las desdichas de los hombres más notables, y con mayor razón la del suplicio de un particular que sólo podía ser conocido por los suyos”.

Un envolvente aroma a vainilla y limón caliente, suaviza la tensión de mi espalda y calma, alejando de mí, la idea delirante sobre el permanente desconocimiento de esas causas secretas que me oculta porque son sólo suyas.
Nunca conocerá la desdicha, no al menos la que se hornea a la vez que los diminutos éclairs.

La lamparilla me juega una mala pasada y quedo en penumbra de nuevo. El reflejo de la luz del horno y de la pantalla impide que tenga que caminar a tientas hasta encontrar una vela. La debilitada luz de la farola ha dejado paso a una alborada húmeda, espesa.  

Una fina cortina de lluvia desdibuja la estela de su imagen que apenas recuerdo. Nunca creí en lo inmutable, en lo eterno. La fugacidad de lo vital que se aleja de un manotazo, nada importa salvo la individual supervivencia.

Debería poder encontrar esa cinta roja, pienso. 
Oigo una bandada de gaviotas cruzar la ciudad con sus característicos chillidos. No puedo verlas. Abandonaron el mar y sobreviven apostadas en los terrados.

Algo cambió y de nada sirven las palabras que esconden los hechos que, por contumaces, acaban imponiéndose. Los sentimientos no se pueden inventar de modo permanente, ni mantenerse vivos de la nada. 
Le veo, colocándose las gafas sobre el puente de la nariz, anotando sobre un mantel de papel las seis razones por las que el mundo surgió de una quimera extravagante y atroz.

Coloco un cd de Eugene Ysaÿe y su violín me aísla en la cocina. Mañana le escribiré y, sin enviarle nada de lo que escriba, sabrá que fue su fugacidad lo que convirtió en misteriosas sus secretas causas. Le sé sin necesidad de que diga nada. 

Sobre la mesa de la cocina, junto a las vainas de vainilla y las semillas de cardamomo, le escribí para él, sólo para él, el adiós más ligero que pude. No tengo nada que ofrecerle.