lunes, 15 de julio de 2013

Y ASÍ PASAN LOS DÍAS

Mi testigo es el cielo vacío

Si digo que lo mío es un puro fiasco, aparecerás en modo entusiasta, optimista detestable, e intentarás hacerme creer no es así, que mi vida está llena de logros personales, profesionales y, por qué no, sentimentales. Y no me quedará más remedio que sonreír de medio lado, con cierta condescendencia incluso, y consolarte de tu naturaleza de campante inasequible al desaliento, de  tu incapacidad para comprender nada de lo que digo y, desde luego, mucho menos de sentir la fragilidad en la que la vida se envuelve. 


He hecho muchas cosas bien y otras tan rematadamente mal que la balanza se compensa. Es la poética del fracaso, porque fracasar, arruinarse uno mismo sabiendo que no habrá mañana, ni brazos que te salven más que los suyos propios, es sólo una filosofía de vida que te mantiene a flote por el contrapeso de unos platillos que en ocasione se llenan de pesar y en otras de complejos estados de estúpida y efímera felicidad.


En unas semanas viajaré a Nueva York en busca de un puente permanentemente imaginado en el que sentarme, fumar un cigarrillo mientras me masajeo los tobillos y tararear anticuados boleros. Es un plan perfecto que a tus oídos, acomodaticios, suena chalado, pretencioso y sé, por el modo en que me miras mientras pronuncio la palabra Nueva York alargando las vocales que la forman, que crees que estoy perdiendo el juicio.  


Veo tu rostro, ya no eres tan joven. Se ve que envejecerás mal, con esa sonrisa bobalicona que cuelga de tus labios cada vez que hablas de tu máxima preocupación. 


¡Qué ironía! Pienso en un pez que se muerde la cola, en la cantidad de veces que repetiste que la madurez es complicada, en lo poco que hiciste, pese a tu optimismo desmedido, para salvarte de una vida más que desesperada, oculta, incluso de ti mismo.