miércoles, 17 de julio de 2013

DEJEMOS EN PAZ A LOS NIÑOS


"Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona" *

Hace apenas unos días se ha hecho público el veredicto del caso Bretón. José Bretón, padre de los niños Ruth y José (de seis y dos años respectivamente), ha sido considerado culpable del asesinato de sus hijos. Al respecto del Juicio, de la investigación policial, de la intervención forense, se ha escrito y dicho todo, absolutamente todo. 


Me he resistido durante semanas a dar mi opinión sobre una acción tan malvada, doblemente malvada, y del porqué creo que un tipo, aparentemente cuerdo (sinceramente yo creo que José Bretón es plenamente consciente de sus acciones, conocedor de las consecuencias de las mismas y con total capacidad para actuar conforme a su conocimiento y voluntad), es capaz de terminar con la vida de sus hijos, carne de su carne, sangre de su sangre. La respuesta es sencilla: el homicidio, el asesinato, en definitiva, la muerte violenta de los hijos es el modo más doloroso que existe de intentar destruir a una persona, en este caso, la madre de sus hijos, su esposa.


Estos días, en los que la prensa se ha llenado de amarillismo para tratar toda esta cuestión, he llegado a escuchar algunas voces decir que Bretón mató a sus hijos porque no pudo asumir la irrevocable decisión de su esposa, Ruth Ortiz, de poner fin a su matrimonio.

Sin embargo, no debemos equivocarnos, cuando  una persona toma una decisión como la del asesino de Córdoba (ahora, formalmente, ya sí), éste tiene plenamente asumida la decisión de la ruptura, y en su particular modo de comprenderla, de interiorizarla en su vida, busca la manera de producir en el otro el máximo dolor posible. Es por eso que el planear el cómo, cuándo y dónde poner fin a la vida de los propios hijos, es un trabajo de precisión absoluta, la extensión de una venganza ampliamente labrada en la mente del que vive las relaciones personales como una posesión, en las que lo que menos importa es la persona que se tiene al frente; sólo importa el dominio, el control sobre la misma. Relaciones en las que no se tiene respeto alguno por la dignidad del otro y, en los casos extremos, como en éste, ni por la vida, siempre que no sea la suya. 


Los casos de violencia doméstica, que nada tiene que ver con la de género (odiosa calificación), pese a quien le pese y duela a quien le duela, acostumbran a tener como víctimas, directas  e indirectas de la misma, a los menores, los hijos de esas familias rotas. En este caso, el drama y las consecuencias no recaen sólo sobre los dos menores muertos, dos vidas segadas cuando apenas habían empezado a caminar, sino sobre la madre de estos niños, sobre sus familiares y sobre la sociedad entera. Con frecuencia, los niños son las figuras invisibles en los casos de violencia.

En este caso, Ruth y José son las víctimas directas y su madre, la indirecta, pero son cientos de miles de casos en los que la situación es la inversa, y eso no se puede seguir tolerando. Necesitamos algo más que leyes, Convenios Internacionales para que nuestros niños vivan en una sociedad que les proteja. 


Nada devolverá la vida a Ruth ni a José, nada volverá a ser lo mismo en la familia Ortiz, y posiblemente tampoco en la familia Bretón, pero flaco favor le haremo a la memoria de los dos primeros si no nos empezamos a concienciar de la individualidad de nuestros menores, de su derecho a la vida y de la necesidad de que crezcan en ambientes sanos y seguros.






* Artículo 3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos