martes, 23 de julio de 2013

CRÓNICA DE UNA ESTUPIDEZ DESMEDIDA


Los rayos golpean de forma salvaje y sin sentido.
Plinio





Y un día, la casualidad, ese destino que no controlas, decide que vuelvas a cruzarte con alguien a quien llevas una eternidad sin ver. Y es entonces, cuando sin saber demasiado bien qué es lo que ocurrió, qué es lo que os distanció, tomas consciencia del paso del tiempo, de lo mucho que te has perdido de su vida, y él de la tuya, y de lo extraño que es que ese tiempo, que no se detiene ni siquiera en ese momento, te devuelva el mismo gesto de siempre aunque más viejo, más cansado, pero igual de reconfortante que entonces.
Y te parece casi milagroso que los pocos minutos que permaneces parado en la acera, intentando rebobinar el tiempo, charlando atropelladamente de la vida (de su vida, de tu vida), se conviertan en el adhesivo que une tu confuso presente con un pasado que permanece anclado con la fuerza de una rocalla tremenda.
Y mientras miras el reloj porque en nada tienes que coger un tren que no te va a esperar, prometes que no dejarás que vuelva a pasar tanto tiempo, que debéis recordar que las casualidades no existen y que nada no pasa por nada.   
Y sigues caminando, casi corriendo, porque esos minutos que ahora se han convertido en vitales, remozan la piel erosionada por una vida que casi siempre espanta pero que ahora, durante unos minutos, tal vez incluso por unos días, te alivia aun sabiendo que no habrá más encuentro que el que la casualidad, esa que no existe, quiera que se dé de nuevo.