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viernes, 13 de mayo de 2022

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA, A MANO MENOS

 



Desde que el ordenador se impuso al bolígrafo y el papel, la letra de la gente se ha estropeado una barbaridad. Las clases de caligrafía no existen y los cuadernos Rubio han quedado enterrados en el subconsciente de los que fuimos a la escuela cuando aún se salía a las seis y en verano existían los deberes que quemaban como el sol de agosto. He intentado recuperar unas notas de trabajo que tomé de mala manera. Sigo perpleja frente al folio intentando descifrar mi propia letra que aun no comprendo en qué momento se transformó en delirio de curvas convertidas en un sindiós que me deja estupefacta. Escribir con buena letra era casi una obligación pero hoy es una de las muchas cosas que se van perdiendo. El teclado ha ganado la partida y nosotros, como idiotas, estamos dejando perder la posibilidad de comunicar y relacionarnos mediante el trazo personal de la escritura a mano. Una pena.




domingo, 13 de diciembre de 2020

LAFFAT

 

«¿En qué espacio de tiempo transcurren las afinidades y las correspondencias electivas? ¿Cómo es que uno se ve a sí mismo en otra persona, y cuando no es así mismo ve entonces a su propio precursor?».

Los anillos de Saturno. W. G. Sebald




Habían quedado en la terraza de la galería Laffat. La habían escogido a la par, entre las pocas opciones que tenían. Podía escoger entre la cafetería de la estación central o la de un hotel del paseo, pero ninguna les pareció adecuada. Él pensó que convenía un lugar discreto y un poco elegante pero sin frivolidad. Ella pensó que les convenía un lugar agradable, tranquilo, pero con la suficiente gente de por medio como para evitar situaciones incómodas. La mejor opción fue la cafetería de la galería, un martes de abril. Lo habían decidido después de darle varias vueltas y coincidir en que había llegado el momento. No les fue necesario fijar hora, sería antes de comer. El que llegara primero que pidiera mesa y esperara.

Se levantó pronto y tras una ducha rápida buscó entre la ropa. Quería tener buen aspecto, pero que no pareciera que se había preocupado en escoger lo que vestía. No iba a una fiesta, pero quería sentir, ni que fuera por un segundo, una ligera admiración contenida. La vanidad no envejece, pensó. Antes de salir se miró en el espejo. Tenía el pelo veteado, la piel pálida y los ojos un poco marchitos. Esbozó una sonrisa y parpadeó. Recordó la última vez que se vieron. Le había preguntado si quería tomar algo, ella respondió que sí y la condujo a la barra asiéndola del brazo de una manera delicada. Guardaba la imagen de su pelo oscuro y un ligero acento extranjero. Había hablado un poco, no demasiado. La tarde se les echo encima intentando reconocerse y ella buscó, en aquellas pupilas tan distintas a las suyas, algo a lo que asirse. Seguía creyendo que los recuerdos se cuelan a través de los ojos y que algún resto tenían que dejar, aunque fuera un pigmento raro que desentonara en la niña del ojo.

Se pidió una copa de vino mientras esperaba su llegada y vagó entre los recuerdos que aun guardaba de su padre. Recordó un par de idilios clandestinos y los modestos acontecimientos que les sucedieron. Sonrió sin apenas darse cuenta. El paso del tiempo mejora los recuerdos, estaba claro. Al llegar, se sentó haciendo una ligera inclinación de cabeza. Le pareció curioso ver cómo, al hablar, se daba palmaditas en la rodilla y le sostenía la mirada. La herencia no solo se cifra en números, también en gestos. Era su hijo, no cabía duda.

La invitó a comer. Hablaron durante horas de la memoria afectiva, de las reglas infringidas y, al caer la tarde, apenas quedaba nada más que decir. Su padre había muerto hacía unos meses y ella, tan distinta ahora, apenas podía ponerle un rostro distinto al suyo.

 

 


sábado, 15 de agosto de 2020

FERRAGOSTO




«Me preparo para asistir 
A mi propio vuelo de despedida»

Roberto Bolaño



Subo al terrado buscando un poco de corriente de aire. Voy andando por la escalera para mover las piernas, para evitar la cabina del ascensor y porque tampoco tengo que subir tanto. Desde aquí se ve parte de la ciudad. Decenas de luces tintinean en esta noche de verano. Se hace extraño ver la cantidad de ventanas que están iluminadas, pero este año es tan excéntrico como particular.  En el edificio de enfrente, celebran una fiesta. No se ve mucha gente. Puede que sea, por lo de las limitaciones o puede que solo sea porque las cosas buenas de verdad pocas veces son multitudinarias. Una chica baila, da vueltas sobre sí misma. Nadie la mira, salvo yo. Agosto se ha tragado la mitad de las alegrías y ha dejado supurando la herida de un futuro que no podemos prever. Pero la fiesta no puede decaer, aunque a ratos se muestre fea y pesada. Por está bien que la chica baile aunque lo haga sola y que, en la calle, ahora ya vacía, las parejas se acompañen en el último paseo al perro que en invierno, casi siempre, se convierte en un ejercicio en solitario asignado a dedo. ¿Quién nos lo iba a decir?
Cuento los días y me pierdo entre ellos. No se trata de una metáfora. Todo corre demasiado deprisa. En breve, la chica de carne esplendorosa, que ahora baila sobre sí misma, palpará con sus manos un cuerpo que a ratos no reconocerá porque el tiempo se llevó el suyo y le entregó otro de recambio. Se agarrará a las fotografías de lo que fue y las mostrará para mostrar quién fue, quien es. 
Los tiempos extraños han llegado para quedarse y el calor, que decían sería liberador, se convierte en un infierno.