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domingo, 11 de febrero de 2018

AT LAST


A medida que pasa nos hace sentir cada objeto
en el espacio de su propia sombra.
Me gustaría poder llevar esta claridad.
Anne Carson



Algo ha pasado con el tiempo que parece haberse detenido. Miro el reloj y las saetas, desde hace una eternidad, marcan lo mismo. He entrado en un bucle que me mantiene despierto y algo perdido. Mañana no me tendré en pie. En nada aparecerán los fantasmas, tu fantasma, y  tendré que esconder el teléfono, guardarlo bajo llave. Creo que he escrito unas doscientas veces que no volveré a llamarte. Pueden parecer muchas pero son bastantes menos de las que en realidad he querido hacerlo. Pensándolo bien, me estoy convirtiendo en un acosador silencioso y en la distancia, en un  tipo desesperado que necesita escuchar tu voz para saber que sigues viva. Pero yo ya no puedo con tanta batalla. Así que doy vueltas en la cama y te imagino en casa, tu casa ya, dando vueltas a la cama también, pero dormida. Me levanto para dar unas vueltas por la habitación, seis pasos largos de punta a punta y poco más. He dejado de fumar. La poesía del desvelo se fue cuando prescindí de la nicotina por prescripción médica y ahora cuento pasos para no pensar. No queda poesía, ni el aliento de tu respiración dormida. Voy a la cocina y lleno un vaso de agua con el que riego los restos de un macetero en el que plantaste unas matas de tomillo y algo de romero. Me resisto a deshacerme de ellas aunque ahora solo sean cuatro hierbas secas. Y es que no sé lo que tiene el tiempo que todo lo mata, que me deja despierto pensando en lo grande que se vuelve la cama cuando las horas no avanzan.




miércoles, 9 de agosto de 2017

CALDERILLA


Solo quiero hablar contigo.
¿Por qué surge el amor? 
entonces me hice viejo, 
vino la muerte y escribí esto. 
Ten cuidado, es agudo como el mundo.

                                                 Anne Carson






Se ajusta la corbata sin mirarse en el espejo. Cada mañana, desde hace ya muchos meses, hace el mismo ejercicio. Se levanta antes de que suene el despertador, camina hacia la ducha, cinco minutos son suficientes y se viste, cada día un poco más rápido. Enciende la cafetera y coloca una cápsula que acabara desaguada sin probar una sola gota. Deja la taza sobre la mesa para que el engaño sea un poco más creíble. Las prisas, ya sabes, contestará cuando le riñan por dejarlo todo por en medio. Antes de salir de casa, abre la puerta del dormitorio y la besa desde la distancia, sin dar un solo paso. Que siga durmiendo mientras pueda. Coge la cartera y baja andando por la escalera como si tuviera mucha prisa. Saluda al hombre del puesto de los cupones y empieza a caminar sin rumbo. Le quedan nueve horas por delante en las que la vida será la prolongación de las otras nueve horas de ayer, de las de anteayer y así en una espiral de horas muertas. Pasa por delante de un mendigo que dormita apoyado contra la fachada del supermercado, acaricia el lomo de un perro tan sucio como la mano que lo peina. Cuenta las monedas que le quedan en el bolsillo, las mismas que el lunes le pidió a Sonia después de decirle que había olvidado la cartera en la oficina. Piensa en dejarlas en el cazo que pero sabe que no puede, que no debe, que tal vez mañana las necesite para desandar en autobús todo el camino que lo aleja del barrio para que nadie le vea, para que nadie pregunte. Le duelen los pies y la cabeza. Piensa que pueda que sea por el día gris que se ha levantado, de las lluvias que dicen que vendrán y no llegan, de la contaminación que lo impregna todo. Y mientras piensa, intenta olvidar que el dolor se va a quedar durante días, quizá toda la vida, porque es la consecuencia de una gran mentira que crece. Se han terminado recursos para inventar historias con las que ocultar que ya no tiene nada que hacer, que desde hace meses su vida es un caminar y volver a caminar. La pérdida de peso es por la dieta y el ejercicio, es lo que cuenta por ahí. Revuelve el bolsillo y vuelve a contar las monedas, quizá podría tomar un café, aunque puede que mañana se arrepienta.
Se sienta en la terraza, espera que le sirvan para remover la culpabilidad con una cuchara diminuta mientras guarda el sobre de azúcar en el bolsillo. Nadie diría que la esperanza es un botón que se estropeó hace tanto. Hoy tampoco hablará con nadie. Cuando vuelva a casa, Sonia, derrotada, dormitará en el sofá maldiciendo las horas que estuvo de pie. En silencio verán la televisión durante un rato y antes de medianoche se acostarán dándose la espalda. Mañana amanecerá de nuevo, aunque la noche no haya servido para absolutamente nada y apenas quede calderilla en el bolsillo.





sábado, 21 de enero de 2017

MORNING YET

Not morning yet,
I just want to talk to you
Why does love happen? ...

Anne Carson



Después de lo que sucedió, nunca más he vuelto a pisar aquel barrio. Ahora no podría decir si todo lo que pasó durante aquellos días realmente fue como ahora lo recuerdo o si el tiempo se ha encargado de deformarlo hasta convertirlo en algo capaz de sobrellevar. La verdad siempre es relativa y los datos, aunque pretendan ser objetivos sólo lo son en la medida que nos interesan para amoldarlos a la relatividad en la que nos amparamos. Algunos detalles quedaron entre brumas y otros siguen tan presentes que, años después, aun  puedo olerlos, incluso verlos, a poco que me esfuerce. Me llamó sobre las ocho para que fuera a su casa, le dije que no. Iría al día siguiente, estaba cansada y también me cansaba ese reclamo permanente y lastimero al que nos tenía sometidos. Quedamos para la mañana siguiente y, a pesar de su insistencia, no le concreté hora; malhumorada le dije que ya llegaría, que se acostara y no pensara más. Me levanté pronto y sin ganas crucé la ciudad entera. Ni el gorro, ni la bufanda, ni los guantes servían de mucho con aquel frío que desde hacía una semana se arrastraba desde el norte. El norte de más al norte, solía decir. Al llegar busqué la llave en el macetero que la escondía. Una llave de emergencia, no siempre suya. Al entrar el ambiente olía a humo, a días sin ventilar y a algo más que no podía identificar. Le llamé por su nombre, la cerradura no había pedido más que una simple vuelta, posiblemente estuviera en casa, aun dormido. Recorrí el pasillo, tres metros casi cuatro metros, haciendo más ruido de lo normal, pisadas gruesas que desordenaban el silencio de aquel sábado de enero. Miré en el salón, pasé por delante del baño con la puerta entornada y acabé en el dormitorio. Las sábanas estaban revueltas, la persiana a medio levantar y el aire aún se mecía más espeso que en el resto del apartamento. Como si fuera una novia despechada, apoyé la mano sobre aquel amasijo de ropa para comprobar si aún estaba caliente. Sentí el calor, ahora ya tibio, de su cuerpo triste. Sobre la mesilla, junto a su teléfono móvil, no había más que un reloj de plástico y una cajetilla de tabaco arrugada. No estaba, igual había salido a por tabaco, o a por el pan para desayunar. Podía esperar allí  mismo, en el sofá que se caía de viejo, o entretenerme recogiendo los trastos que tenía desperdigados por todas partes. Hacer cualquier mientras le esperaba. Pero me acerqué a la ventana, miré hacia el parque; al fondo, pese a la niebla, se vislumbraba el viaducto. Las luces de unas sirenas rompían la bruma. Abrí la ventana y una ráfaga de aire helado me dio de lleno, entonces lo supe. Sus miedos habían dejado de existir. Ahora la vida ya era cosa nuestra y contra eso no había nada que hacer. Me senté a esperar, aunque no sabía el qué.