lunes, 7 de marzo de 2011

MAYESTATICAMENTE CERO BAJO CERO


Empiezo a considerar esta terminal como parte de mi entorno natural. En los dos últimos meses he pisado tantas veces estos pasillos que puedo recorrerlos con los ojos cerrados.  Estoy cansada, mucho. No lo voy a solucionar acostándome pronto, ni reduciendo las horas que trabajo, ni delegando, no tiene nada que ver con todo eso.
En mi puerta de embarque no hay nadie. Quiero volver a casa. Necesito un momento amable. Apenas me queda batería, el cargador no funciona y necesito, de verdad que necesito, hacer una llamada fundamental. ¿Quién no lo ha necesitado alguna vez? 
Marco el prefijo 0039 y un seguido de diez números. No podré llamar, suenan  los avisos de batería baja.
Me siento, y respiro hondo. Son las cinco y media. Recibo un correo electrónico felicitándome por el “inmejorable” trabajo de hoy.  No me calma, sino todo lo contrario, pienso que este correo va a terminar agotando la poca batería de mi teléfono y yo lo que necesito no son lisonjas a precio de coste, sino escuchar que hoy corrieron hasta casa para ponerse sus disfraces de “faralline”, que me esperan antes de que se le caiga el diente y el Ratoncito Pérez se lo lleve, y que tenemos que comernos las galletas porque el ratón se las puede llevar. Son las últimas consignas vitales.
Pero la suerte no acompaña, agoto la pila en cuanto descuelgan y oigo las primeras voces de alegría. Es poco, casi nada. Personalmente, no es mi día. 
La terminal sigue vacía, tal vez he equivocado la puerta de embarque. No sería extraño.