viernes, 11 de marzo de 2011

MI AMOR TU YA SABES


Salimos de la reunión escopeteadas, cogemos el coche y salimos huyendo como si fueramos el "Vaquilla" escapando de la Guardia Civil. Llegamos a la gasolinera, tenemos que repostar. Primer problema, no recuerdo si va a gasolina o a gasóleo. El coche es de alquiler, que es tanto como decir que somos dos desconocidos. 
Se nos ocurren distintos sistemas para intentar averiguar cual es el alimento natural de esta bestia de metal.  Tras discutirlos, optamos por uno, meter el dedo en el depósito como si fuera una tira de medir la acetona. Segundo problema, Berta dice que ella no mete el dedo en el tanque para oler, y mucho menos para chupar, lo que hay dentro del depósito. Le explico que no, que sólo es para  comprobar si el líquido elemento es muy espeso o poco espeso. Unas gotitas para palpar y decidir, -ina o –oleo. Pero dice que ni hablar, que lleva las uñas de gel y que si mete el dedito en semejante agujero negro, en cuando lo saque se le habrán desintegrado los noventa euros del ala que ha pagado por lucir unas manos dignas de una princesa y que en época de crisis no está para este tipo de dispendios.
Reconozco que lo he intentado  yo, pero mis dedos no son los de Berta, sólo consigo que bailen suspendidos en el aire, bajo los efluvios del combustible. Nada, no consigo ni una mísera muestra con la que hacer la cata.
He acercado el dedo a la nariz. Dicen que el gasóleo huele amargo y que no coloca.  No tengo ni idea. Nunca pensé que la gasolina pudiera ser dulce y el gasóleo amargo. Ni que la gasolina fuera como un lexatin. La mecánica nunca ha sido lo mío. Empieza a oscurecer y hace frio.

En esta gasolinera autoservicio nadie nos va a ayudar. Más que nada porque no hay nadie, sólo un surtidor pre-pago por tarjeta de crédito, una máquina de autovending con café y gominolas y una cámara que nos está contemplando como el “ojo que todo lo ve”.
No nos queda alternativa, tenemos que buscarnos la vida. Tiramos una moneda al aire, si sale cara: gasolina, si sale cruz: gasóleo.  Que salga el sol por Antequera. 
Berta lanza al aire la moneda y mientras va cayendo dando vueltas sobre sí misma, un  estornudo nervioso hace que le dé un manotazo que lleva al vil metal a caer dentro de la ranura de una alcantarilla. Increíble. Tenemos que volver a empezar. Necesitamos otra moneda urgentemente. Rebuscamos en los bolsos, los bolsillos. Nada, las últimas se fueron en la máquina de gominolas.
Insisto a Berta en que tal vez debería meter el dedo en el depósito y rebañar unas gotitas. Me mira con cara asesina y me dice que ni hablar. Empieza a dar vueltas alrededor del coche, primero en el sentido de las agujas del reloj, después en sentido contrario, dice que no puede pensar, que se ha bloqueado y que lo que quiere es hacer pis.

Ha oscurecido. La situación empieza a ser surrealista.
Berta, se sienta en el bordillo. Llevamos una hora y cuarenta minutos intentando dilucidar si ponemos gasóleo o gasolina al coche. Las baterías de los móviles están agotadas y no nos queda ni un chicle en el bolso. Me siento a su lado. El bordillo está frio. La postura deja a la vista mis calcetines amarillo pollito.
Berta mira mis pies. Un dedo acusador apunta a mis “wolford” mientras demoledoramente sentencia que es el amarillo el que nos ha traído la mala suerte. Nunca, nunca hay que vestir de amarillo, dice entre grandes aspavientos. Le recuerdo que no es artista, que lo suyo son otras cosas más prosaicas y que, aunque no le gusten, mis calcetines amarillos son todo elegancia y estilo y que le quedan fenomenal a mis botines. Tuerce el gesto, hace un mohín y me llama Satanás.
Miro el reloj, estamos haciendo el panoli y por esta carretera no pasa ni el tato. Cualquiera pensará que estamos a miles de kilómetros de la civilización, pues no, sólo estamos a unos quince kilómetros de la ciudad. Sin embargo, esta sierra urbanita se nos está poniendo de lo más hostil. Llevamos más de una hora en una gasolinera robotizada, de una carretera secundaria, con el depósito vacio, con un “ojo de pez” que nos observa con recelo, sin una moneda para decidir que debe beber el vehículo que descansa frente al surtidor y sin provisiones de ninguna clase (las gominolas me las comí de una atacada en pleno ataque de gordez hace ya una hora).
Los elementos se han confabulado para que no lleguemos a ningún sitio. Creo que tendremos que hacer noche en esta estación de servicio.
Berta empieza a jurar en arameo y a recitar la lista de los Reyes Godos, para no acordarse del nombre del que nos alquiló el coche, ni del de mi madre por no preguntar si el coche iba a pilas, a gas o a empujones.
Creo que ha llegado el momento de la crueldad. Le cuento a Berta que no muy lejos de aquí aparecieron el cuerpo de unas cabras muertas por unos extraños ritos y que nadie se explica como fue. Me mira con cara de loca y me dice que como siga así se encierra en el coche y me deja fuera. Mi crueldad ya no tiene límite y le cuento que, en realidad, soy un holograma, que esto no es una estación de servicio, que todo un sueño y que tal vez, en mitad de la noche, aparezcan las cabras y nos destripen empezando  por los pies. Bueno, a  ella, yo llevo los calcetines amarillos de diseño, estoy salvada.
Acaba de dejarme fuera del coche y ha bajado el seguro. Que poco sentido del humor tienen algunas, creo que voy a empezar a contar ovejas, hoy me va a tocar dormir al raso.