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domingo, 13 de septiembre de 2015

AGOSTO



Permanecimos sentados de este modo durante algunos minutos, sin que ninguno de los dos atreviese a alzar la mirada. Oí un respingo y, al levantar los ojos, vi su rostro temblando de dolor. Estiró los brazos sobre la mesa y, sollozando y lloriqueando, agachó la cabeza, apretando la cara contra la mesa. 
Henry Miller



Fue una velada encantadora, bebimos un poco, quizá un poco más de lo que parecía, la mañana siguiente lo reveló con un ligero dolor de cabeza. Las noches de final de verano llevan de la mano un cómodo flirteo entre los conocidos que nunca traspasa la línea que marca la honestidad de los hombres buenos. Alguien mostró los restos de los últimos destrozos del vendaval de finales de agosto y su risa me llegó intermitente, como una señal. Puede que fuera el efecto del vino de la cena, pero su voz, conocida desde hacía mil, era como la sirena de un barco que avisa de su proximidad. 

Al fondo, la costa de levante se escondía, invisible por efecto de la bruma. Fue una velada de despedida en la que nada parecía demasiado real. Busqué un papel entre mis cosas y solo conseguí un azucarillo con un mensaje impreso “Aplaude la vida” y me dio la risa floja. Desistí del todo. Poco a poco fueron llegando las adioses, sobre la mesa quedaron las copas, los platos sucios y el rumor de las olas. Alguien debería recoger, pero comenzó a llover, las copas se llenaron de agua y una mano quedó ceñida a la cintura. Del resto, poco más recuerdo.





sábado, 11 de abril de 2015

VOLTEAR


Los tentadores labios demasiado carnosos pueden crecer en las profundidades del cerebro 
como una vagina doble, trayendo aparejada la enfermedad más difícil de la carne: la melancolía.

Henry Miller



Con tu caminar, flojo, vas dejando un rastro de indiferencia que me arroja a una pesadumbre que me consume de impaciencia. Pero, a la vez, esa indolencia tuya me incapacita y me aleja cada vez más de ti. Ya no hay nada seguro. El suelo tiembla bajo los pies y cada mañana que llega es como el reestreno de una película vieja de la que ya conocemos el final. Perdí la prudencia mientras tú perdiste las ganas y me convertí en un ser inútil, torpe, que quedó al descubierto a cada paso que daba. Y aunque te empujé con cierta brusquedad intencionada, para provocar aunque fuera una queja, un reproche, tu mirada seguía pérdida y solo te escuchaba respirar. Me avergüenzo y busco entre compañías poco adecuadas un poco de la vida que me robaste. Me pregunto en qué momento dejamos de entendernos, de buscarnos, de querernos. Quisiera poder alquilar un poco del pasado, defender la frivolidad del afecto de dos locos enredados entre existencias complicadas, pero la codicia y el pánico se mezclan y me paralizan. No hay salida. Son tus gemidos sordos, disciplinados, los que me aparatan cada vez mas, y de lejos, sin verte, te imagino volteando un café que hace horas se enfrió sin encontrar la señal que esperas.




domingo, 29 de junio de 2014

FUERA DE AQUÍ


Hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido.

A las cuatro de la mañana, después de haber sudado tanto que apenas me quedaba  sola gota de vida, pensé que había llegado la hora de saltar por la ventana del dormitorio. Pero aquella idea tragicómica que me rondaba desde hacía varias noches, siempre sobre la misma hora, no contaba con un inconveniente nada insignificante.  Años atrás, con la felicidad roída de los primeros años de convivencia, instalamos un sofisticado sistema de seguridad que debía preservarnos de los malos. La falta de medios de entonces, y una cierta tendencia al desastre que nunca corregimos, terminó en unos cuantos barrotes sujetos al hueco de la ventana con una mezcla de cemento y silicona. Pero cuando ya no quedan restos de aquella precaria gloria, aquella reja improvisada es un contundente argumento disuasorio para poner fin a tantos días de canícula nocturna y de horas fulminadas por el insomnio; tan disuasorio como lo es el vivir en la planta baja de un bloque de apartamentos.

Me levanté arrastrando los pies, cerrando de portazo el baño y subí el volumen del transistor. Mientras vaciaba la vejiga, supe que en el otro lado del mundo un gol había desatado la ira de unos cuantos que habían arrasado la ciudad y vaciado los escaparates de los comercios de televisores, DVDs, cremas anticelulíticas y pantalones vaqueros. 

Calenté un vaso de leche que no iba tomar y pensé que de seguir las cosas de ese modo, debía apagar la radio (nunca me gustó el fútbol, ni las obligaciones cosméticas), subir al terrado y saltar desde allí, simulando un suicido sonámbulo. Mientras mordisqueaba una rosquilla herencia de las navidades pasadas, medité sobre la conveniencia de cambiarme las bragas que durante las primera horas del sueño quedaron demasiado húmedas, y ponerme un sujetador bajo la camiseta que utilizo para dormir y con la que pensaba subir a la azotea. Las erudiciones maternas sobre las conveniencias higiénicas y estéticas, a la hora de la verdad, no se olvidan nunca, ni siquiera cuando estás desbordado por el asfixiante calor del vecino Mediterráneo que te gira la cabeza.

Quizá fue el influjo de la ropa interior limpia, pero algo parecido a un pensamiento positivo se presentó sin pedir hora y me encontré buscando un martillo y un destornillador que dejé sobre la repisa de la ventana, antes de volver a la cama, y que pensaba poner en marcha tan pronto como por la radio anunciaran el estado de la circulación de la M40.




Fotografía Harry Gruyaert