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miércoles, 8 de octubre de 2014

LARVATUS PRODEO


Ahora leo; pero es como si escuchara.
 Porque podría leer todo esto con los ojos cerrados y la boca abierta. 
Leer con los dientes masticando la arena que se mete por la boca abierta
 y tragando el recuerdo exacto de las palabras que es tanto más preciso.



Quisiera poder decir que la mayor parte de las cosas que nos pasan por el camino son la constatación de nuestra propia trascendencia, pero la verdad es que no es así. La mayoría de las que nos ocurren sirven para más bien poco y son absolutamente insignificantes. Vivimos rápido y digerimos sin masticar la mayor parte de los acontecimientos de nuestra vida. Alguien me dijo que la intrascendencia es una de las mejores cualidades de los hechos que  nos pasan, “no de otra manera podríamos vivir”, apuntó. Y puede que no le faltara razón aunque, para una descreída en filosofías de salón, esa razón se convierta en una media razón, o en un cuarto de razón. Me falta determinación para custodiar la idea de la intrascendencia  absoluta, y aunque la mayoría de nuestras vicisitudes son prescindibles, me cuesta desecharlas aunque no sirvan para nada. Y debe ser por eso que acumulo un buen número de ideas peregrinas que no sirven más que para hacer bulto en mi cabeza y entre mis papeles. Suelo anotarlas con un trazo rápido porque con frecuencia las olvido a la misma velocidad con la que me llegan. Reflexiones en renglones torpes que con el tiempo se convierten en un auténtico galimatías imposible de descifrar, una especie de cementerio imaginativo que se encumbra con alguna cita robada de aquí y de allá. Decía Platón que la vida es un olvido de la idea.  En mi caso, la idea desmadejada, disfrazada, e intrascendente, perdura en una agenda cualquiera y a veces incluso se convierte en la curiosidad de mi vida.





viernes, 11 de julio de 2014

LÉGÉREMENT ROSE

                                                                                                
                                                                                            "El sol parece una boca"


Es difícil encontrar el lugar adecuando en el que colocarte. Aquí nadie mira a nadie, nadie escucha a nadie.  El rumor de un televisor amaga cualquier palabra, cualquier gesto. La nostalgia del Martini seco asoma por las esquinas y no hay donde guardarla. Bolsillos rotos que nos desmerecen, que rompen y pierden apuestas. Un perro ladra al sol y quema el desastre de no poder susurrante al oído “Le ciel est légérement rose”.



martes, 10 de junio de 2014

MAÑANA TAL VEZ MÁS


"Para usted que ya no la tiene, la libertad es todo. 
Para nosotros que sí, es meramente una ilusión".


Repaso la agenda mientras tomo el primer café de la mañana. Hace apenas un mes había decidido abandonar la cafeína, sustituirla por teína, pero mi esfuerzo no se ha mantenido más allá de los treinta días de rigor y de la correspondiente desintoxicación impuesta a la fuerza. Cuatro notas junto al día para recordar el contenido de los correos electrónicos que tienen que salir, sí o sí, antes del mediodía; cancelar la hora con el dentista; comprar las camisetas para el campamento de verano de los enanos, y telefonear a mi hermana para que nos informe de las últimas noticias del oncólogo. Cierro la agenda y me despido con un “hasta mañana y suerte”, del chaval que compagina las tazas de loza con el "Mercantil"de cuarto. Antes de cruzar la calle miro a un lado y al otro, los carriles bici que corren paralelos a la calzada, sin ninguna otra delimitación que un línea blanca más que difusa, son siempre elementos de riesgo para los peatones que andamos ensimismados en nuestras propias películas.

Me giro al escuchar mi nombre, dos veces para ser exactos, y frente a mí, con el aliento entrecortado, se para una mujer de unos veintipocos años. Su rostro me recuerda vagamente a alguien, pero no soy capaz de identificarla. Algunas indicaciones después, sé quién es. Nos despedimos, le deseo suerte, hoy empieza sus prácticas en una empresa de publicidad, y en el aire queda suspendida la promesa, que no se cumplirá nunca, de tomar un café la próxima vez que nos crucemos.

Al llegar a la oficina, un sobre me espera sobre la mesa. Son unas fotografías actuales que pedí a un colega, el recuerdo tremendo de algo que un día conocí y del que ya no queda nada. Nada. Paso las horas tecleando, contestando el teléfono y reordenando mentalmente la lista de la compra; pensando en las llamadas personales que quedan siempre pendientes porque ya no sabes qué decir, ni si lo que quieres decir tiene sentido, y porque tampoco sabes si importa demasiado que te escueza parte de la carne que te oprime el pecho.

A la hora de comer, bajo con Jaime. Dos ensaladas, dos aguas, un par de cafés y el atolondramiento de media hora muerta que aprovechamos para descalzarnos y aliviar la planta de los pies sobre el vecino césped palaciego que se muere de pura contaminación. Mientras, como si no fuera con nosotros, repasamos los números que deben permitirnos sobrevivir un tiempo más sin hacer demasiados cambios. Al volver todo sigue en su sitio. La mesa, las carpetas, las listas pendientes y miro el reloj esperando que la tarde pase pronto, que las saetas se agoten de tanto rotar y caigan las horas que apuntan, para despedirme con un “hasta mañana”, también esta vez.

Volver a casa caminando, tomar una ducha tibia antes de improvisar la cena, charlar de cuatro cosas no siempre importantes y dormitar, primero en el sofá, después en la cama, y sentir en medio de la espesa duermevela, unas manos naufragas buscando el hueco de la cintura para acomodarse hasta que vuelva a salir el sol.

Y mientras pienso en todo eso, rebusco por toda la planta un poco de cinta adhesiva. Escojo cual de todas las fotografías que he recibido esta mañana voy a fijar junto a mi mesa. Me decido por la que encabeza este texto para que me recuerde que mis rutinas, mi mundo, no están a salvo de nada. Que el café de cada día, aun cuando está frío, es delicioso; que la gente que nos importó no se olvida tan fácilmente, y que mis rutinas, como las del resto, son las mías y que cuando éstas desaparecen, desaparezco un poco. 




domingo, 10 de noviembre de 2013

OH, BROTHER!


"Mucha gente vive en un vacío, pero hay que tener
mucho valor para ver la desesperanza".


Los días que hace buen tiempo, salgo a dar un corto paseo para despejarme la cabeza. El otoño es una estación estupenda para caminar sin prisas. Un par de vueltas largas a unas cuantas manzanas, cambiando de aceras al mismo ritmo que las luces de los semáforos, sirve para poner patas arriba u ordenar lo que sea que llevas dentro. Caminar para enfilar, al cabo de unas cuantas calles más, el callejón que te lleva a la última parada, casa. Al llegar, algo dentro te recuerda un lejano ”salvada” con el que terminaba el juego.

El invierno aun queda lejos, pero esta calma es engañosa, no se oyen las gaviotas, no se huele el mar. Un repentino aire fresco me acompaña a cada paso, no se ve un alma. Tardes así son el preludio de otras que vendrán cargadas de frío, que me acobardarán hasta convertirme en cautiva de las capas de lana con las que intentaré sobrevivir un invierno más. Pero para eso, aun falta que el tiempo se vuelva más estúpido y peleón. De momento, y mientras llegan esos días, si hay suerte, aun es posible vagabundear con las manos en los bolsillos y los oídos ocupados, entre los  edificios de un distrito que los fines de semana parece necesitar de una urgente reanimación. 

Intento memorizar, sincronizándolo con cada paso que doy, con cada acorde que escucho, el discurso de una charla para el martes. Tengo la cabeza perezosa, las manos frías, la vista cansada y cierta tendencia a dispersarme. El desplome de la última luz de la tarde por el lomo esquinero del edificio que tengo frente a mí, me despierta de cierta torpeza personal. 

Aprieto el paso, tengo frío aunque el invierno aún no ha llegado.