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domingo, 22 de mayo de 2016

AU REVOIR


La ausencia del deseo de vivir no basta para tener deseos de morir.
Michel Houellebecq


Volvieron a despedirse, pero esta vez no se miraron a la cara. Utilizaron el sencillo sistema de la asepsia, de la corrección fingida, de la contención del reproche. Un agradecido hasta siempre. Subió al coche, aún conservaba el golpe en la puerta de atrás. Fingió sentirse feliz, levantó la mano mirando por el retrovisor y sonrió, pero no engañaba a nadie. Los ternos lucidos, el color alrededor y la maraña de sentimientos contradictorios frente a la tranquilidad.  La tarde pasó así, oscilando entre la calma de la despedida y el jaleo contenido en la víscera. Puede que nos veamos en Nápoles, o en Estambul, nunca se sabe, le había dicho. Se suponía que de esa manera todos quedaban contentos, tranquilos. Pero faltaba la substancia y, con toda seguridad, un paseo bajo la llovizna de una primavera indefinida.






viernes, 11 de julio de 2014

LÉGÉREMENT ROSE

                                                                                                
                                                                                            "El sol parece una boca"


Es difícil encontrar el lugar adecuando en el que colocarte. Aquí nadie mira a nadie, nadie escucha a nadie.  El rumor de un televisor amaga cualquier palabra, cualquier gesto. La nostalgia del Martini seco asoma por las esquinas y no hay donde guardarla. Bolsillos rotos que nos desmerecen, que rompen y pierden apuestas. Un perro ladra al sol y quema el desastre de no poder susurrante al oído “Le ciel est légérement rose”.



domingo, 29 de septiembre de 2013

SIN SELLOS


"¿Crees en los ángeles? A veces cuando entorno los ojos veo sus alas".

“Erik Satie no abría nunca las cartas que recibía, pero las contestaba todas”. Así empieza uno de los últimos artículos de Enrique Vila-Matas, "No leeré más e-mails". Ayer recibí una carta. No era del banco, ni de ningún organismo oficial, ni publicidad de almacenes que no piso jamás. La sostuve a contraluz y vi una cuartilla doblada, miré el matasellos, el remitente, la puse en el bolso y me fui con ella, paseándola por toda la ciudad.

Bajé por el paseo central de Las Ramblas y al llegar a la calle Boquería giré a la izquierda, quería acortar, no porque tuviera prisa sino por llevarme la contraria, para volver a salir de nuevo al paseo central y discutirme sobre el atajo escogido. El aire olía mal, parecía que las últimas brisas del día removieron el fétido aroma a orín que baña cada una de las esquinas con las que me iba cruzando. Y no fueron pocas. 

Un soplo de aire fresco subió desde el mar. La carta seguía en el bolso, doblada en un gesto humilde y apenas pensaba en ella. Las nubes se enroscaban anunciando tormenta. Un tipo de tez sombría me ofrece una espiral luminosa que momentos antes volaba por los cielos pero, cuando parece que los ucranianos que caminan por delante de mí terminarán coronados por ese artefacto volador, una mano oscura, ágil, lo recoge a medio vuelo y lo planta frente a mis ojos como si fuera un tesoro por descubrir. Seguí caminando y un tipo con la tez más parda aun me ofreció una lata de cerveza que me anunció fresca y que había sido previamente rescatada de la cuerda que la escondía en el alcantarillado.

Me puse otra vez de pie pasando unos segundos, y en tus ojos leí que tú no amabas a nadie. Te deslizabas hacia la vida, volvías al mundo. Al caos duro y seco que la muerte aprisiona”.

Al llegar a Santa Caterina, me senté a esperar y balanceé el zapato descansando los maltrechos dedos de mis pies. La noche se fue cerrando y lo artificial de las luces, del humo de un cigarrillo ajeno, me recordó que la carta seguía doblada en mi bolsa, jibarizándose hasta convertirse casi en un papelito.

Nada se olvida nunca, las palabras y los rostros flotan alegremente hasta la última orilla. Habrá una añoranza, y luego un pesado sueño”.

Pensé en lo bien que me vendría aquella lata fría, y en la carta, y en que haría como Erik Satie, contestarla sin abrir, con cuatro frases de fingida cortesía, algo así como: “Me alegra saber de ti aunque sea en estas circunstancias. La vida siempre es sorprendente incluso trágica en las cosas menudas. Los dos lo sabemos”. Pero me faltaba un sobre, incluso un sello.