martes, 10 de junio de 2014

MAÑANA TAL VEZ MÁS


"Para usted que ya no la tiene, la libertad es todo. 
Para nosotros que sí, es meramente una ilusión".


Repaso la agenda mientras tomo el primer café de la mañana. Hace apenas un mes había decidido abandonar la cafeína, sustituirla por teína, pero mi esfuerzo no se ha mantenido más allá de los treinta días de rigor y de la correspondiente desintoxicación impuesta a la fuerza. Cuatro notas junto al día para recordar el contenido de los correos electrónicos que tienen que salir, sí o sí, antes del mediodía; cancelar la hora con el dentista; comprar las camisetas para el campamento de verano de los enanos, y telefonear a mi hermana para que nos informe de las últimas noticias del oncólogo. Cierro la agenda y me despido con un “hasta mañana y suerte”, del chaval que compagina las tazas de loza con el "Mercantil"de cuarto. Antes de cruzar la calle miro a un lado y al otro, los carriles bici que corren paralelos a la calzada, sin ninguna otra delimitación que un línea blanca más que difusa, son siempre elementos de riesgo para los peatones que andamos ensimismados en nuestras propias películas.

Me giro al escuchar mi nombre, dos veces para ser exactos, y frente a mí, con el aliento entrecortado, se para una mujer de unos veintipocos años. Su rostro me recuerda vagamente a alguien, pero no soy capaz de identificarla. Algunas indicaciones después, sé quién es. Nos despedimos, le deseo suerte, hoy empieza sus prácticas en una empresa de publicidad, y en el aire queda suspendida la promesa, que no se cumplirá nunca, de tomar un café la próxima vez que nos crucemos.

Al llegar a la oficina, un sobre me espera sobre la mesa. Son unas fotografías actuales que pedí a un colega, el recuerdo tremendo de algo que un día conocí y del que ya no queda nada. Nada. Paso las horas tecleando, contestando el teléfono y reordenando mentalmente la lista de la compra; pensando en las llamadas personales que quedan siempre pendientes porque ya no sabes qué decir, ni si lo que quieres decir tiene sentido, y porque tampoco sabes si importa demasiado que te escueza parte de la carne que te oprime el pecho.

A la hora de comer, bajo con Jaime. Dos ensaladas, dos aguas, un par de cafés y el atolondramiento de media hora muerta que aprovechamos para descalzarnos y aliviar la planta de los pies sobre el vecino césped palaciego que se muere de pura contaminación. Mientras, como si no fuera con nosotros, repasamos los números que deben permitirnos sobrevivir un tiempo más sin hacer demasiados cambios. Al volver todo sigue en su sitio. La mesa, las carpetas, las listas pendientes y miro el reloj esperando que la tarde pase pronto, que las saetas se agoten de tanto rotar y caigan las horas que apuntan, para despedirme con un “hasta mañana”, también esta vez.

Volver a casa caminando, tomar una ducha tibia antes de improvisar la cena, charlar de cuatro cosas no siempre importantes y dormitar, primero en el sofá, después en la cama, y sentir en medio de la espesa duermevela, unas manos naufragas buscando el hueco de la cintura para acomodarse hasta que vuelva a salir el sol.

Y mientras pienso en todo eso, rebusco por toda la planta un poco de cinta adhesiva. Escojo cual de todas las fotografías que he recibido esta mañana voy a fijar junto a mi mesa. Me decido por la que encabeza este texto para que me recuerde que mis rutinas, mi mundo, no están a salvo de nada. Que el café de cada día, aun cuando está frío, es delicioso; que la gente que nos importó no se olvida tan fácilmente, y que mis rutinas, como las del resto, son las mías y que cuando éstas desaparecen, desaparezco un poco.