domingo, 29 de junio de 2014

FUERA DE AQUÍ


Hay que darle un sentido a la vida, por el hecho mismo de que carece de sentido.

A las cuatro de la mañana, después de haber sudado tanto que apenas me quedaba  sola gota de vida, pensé que había llegado la hora de saltar por la ventana del dormitorio. Pero aquella idea tragicómica que me rondaba desde hacía varias noches, siempre sobre la misma hora, no contaba con un inconveniente nada insignificante.  Años atrás, con la felicidad roída de los primeros años de convivencia, instalamos un sofisticado sistema de seguridad que debía preservarnos de los malos. La falta de medios de entonces, y una cierta tendencia al desastre que nunca corregimos, terminó en unos cuantos barrotes sujetos al hueco de la ventana con una mezcla de cemento y silicona. Pero cuando ya no quedan restos de aquella precaria gloria, aquella reja improvisada es un contundente argumento disuasorio para poner fin a tantos días de canícula nocturna y de horas fulminadas por el insomnio; tan disuasorio como lo es el vivir en la planta baja de un bloque de apartamentos.

Me levanté arrastrando los pies, cerrando de portazo el baño y subí el volumen del transistor. Mientras vaciaba la vejiga, supe que en el otro lado del mundo un gol había desatado la ira de unos cuantos que habían arrasado la ciudad y vaciado los escaparates de los comercios de televisores, DVDs, cremas anticelulíticas y pantalones vaqueros. 

Calenté un vaso de leche que no iba tomar y pensé que de seguir las cosas de ese modo, debía apagar la radio (nunca me gustó el fútbol, ni las obligaciones cosméticas), subir al terrado y saltar desde allí, simulando un suicido sonámbulo. Mientras mordisqueaba una rosquilla herencia de las navidades pasadas, medité sobre la conveniencia de cambiarme las bragas que durante las primera horas del sueño quedaron demasiado húmedas, y ponerme un sujetador bajo la camiseta que utilizo para dormir y con la que pensaba subir a la azotea. Las erudiciones maternas sobre las conveniencias higiénicas y estéticas, a la hora de la verdad, no se olvidan nunca, ni siquiera cuando estás desbordado por el asfixiante calor del vecino Mediterráneo que te gira la cabeza.

Quizá fue el influjo de la ropa interior limpia, pero algo parecido a un pensamiento positivo se presentó sin pedir hora y me encontré buscando un martillo y un destornillador que dejé sobre la repisa de la ventana, antes de volver a la cama, y que pensaba poner en marcha tan pronto como por la radio anunciaran el estado de la circulación de la M40.




Fotografía Harry Gruyaert