domingo, 8 de junio de 2014

ASÍ SÍ


"En la vida se puede ser todo menos un coñazo."


Hacia las doce de la mañana el timbre de la puerta ha sonado y hasta las seis,  el patio aun a medio calentar, se ha convertido por obra y gracia de sus esponjosas inteligencias en el único lugar en el que quisiera poder continuar cuando empieza a caer la tarde. Es un tiempo limitado, como todo lo bueno, como el de los personajes literarios que se inventa el primer invitado mientras busca un sacacorchos entre los tenedores del cajón. Desentrañamos el calentón del mundo y repasamos las cuatro vidas que llevamos a cuestas esperando al segundo invitado. No deja de ser paradójico que dos sumen no menos de cuatro. Pero las matemáticas no caben en esta casa, no caben en algunas cosas. Las ciencias exactas no son mías, ni ganas de que lo sean.
Los refuerzos llegan en forma de panchitos y de otro cuerpo que carga con dos vidas, también. Es el signo de los tiempos. Desmigajamos lo que podemos y arrancamos, a destajo, algunas espinas que nos escuecen.


El sol anda agazapado detrás de la buganvilla y perdemos la realidad de vista. Podríamos pensar que empezamos a merodear la locura cuando siendo tres reconocemos convertirnos en seis,  y la única silla que se mantiene vacía se convierte en una improvisada tarima que sostiene unos cuantos folios que en unos días correrán camino de la imprenta y nos convertirán en unos gilipollas que se creyeron estar en disposición de enseñar algo, cuando ese algo ni siquiera existe. Seis que volverán a ser tres para, en breve, convertirse de nuevo, bajo nuevas locuras, en no menos de la media docena que ahora nos ronda.

Nos rascamos las entrañas hasta tocar hueso. Vivimos en el eterno conflicto y quisiera decir que no menos que otros, pero que en nuestro caso, además, y porque tenemos muy mala cabeza, el de los otros nos atrae especialmente y acabamos emborrachándonos de anécdotas a cual más exagerada, a cual más incierta.

Sé que no es la bodega, ni el sol que se agazapa tras la tapia del patio regalando, a todo el que por aquí se arrima, tardes frescas mientras en la calle se funde el asfalto. Quiero creer que es algo que se cuece en la lengua, en la cabeza y, ¿por qué no?, en algún otro lugar del que escapamos para no convertirnos en locos feroces.