miércoles, 4 de junio de 2014

IL DUOMO



¿Cómo conquistar bastiones y abatir la felonía, 
si el honor y la hidalguía se fueron de vacaciones?


No abre ni una sola carta de las que recibe. La correspondencia se le acumula sobre el mueble bajo, bajísimo, que franquea la entrada de casa. Ahí, almacenando polvo, pasan las semanas hasta el día que, decidida a hacer limpieza, las embute todas en una bolsa de plástico para deshacerse de ellas, enteras, sin ni siquiera abrir, en el contenedor del papel reciclado.  No se toma la molestia de ver quien las envía, si hay algo importante o si, entre ellas, se encuentra una de aquellas propuestas que siempre esperas que llegue y que crees que cuando lo haga no vas a poder rechazar. 

Cuando observo este comportamiento, que me provoca un salto en el estómago y me deja fulminada, le recrimino que de esa manera deja todos sus datos personales y el contenido de lo que ahí dentro se encuentre al alcance de cualquiera. Siempre me contesta que no le importa nada, que ya nadie envía cartas de verdad, de las fundamentales, de las que te dan noticias sean buenas o malas (dice que las de la Agencia Tributaria no cuentan, que esos son disgustos contingentes a los que no hay que entregarles ni una hora de sueño. Bendita ella), que los datos de todos son lo más público que hay y que le da lo mismo. Afirma con apasionamiento que la última carta en condiciones que recibió fue allá por el año 1986, una postal desde la mismísima Florencia, con el Duomo brumoso, y una promesa de amor eterno. Desde ahí en adelante, todo prescindible.  Dice que lo único que llena los buzones de la humanidad, el suyo incluido, son extractos bancarios, facturas y, cada cierto tiempo, propaganda electoral. No le falta razón.  Y es cierto, ya no se escriben cartas, el papel ha dejado de estar de moda y el uso de la tinta se ha convertido en una extravagancia. Imperan los correos electrónicos que privados de trazo y disfrazados de lo que nos da la gana, ya no dan la medida de lo que es la emoción o de la contención del que lo escribe.

Como anda de viaje, me da instrucciones precisas sobre como alimentar al gato, regar el ficus, enviar un giro postal a su ex-marido con la pensión que le toca este mes, y el modo en que su correo debe ser destruido: bolsa de cartón que cuelga detrás de la puerta de la cocina y contenedor de reciclaje esquina derecha, lado mar. Pero cierta prudencia detiene el encargo, y aunque el gato y el ficus están bien atendidos (el ex-marido también), lo de la correspondencia es un tema complejo que me produce cierto escozor aunque, un vistazo por encima de lo acumulado en el buzón y sobre la mesa, confirma la teoría de que las cartas ya no son lo que eran, pero aún así, las rasgo una a una hasta que me duelen las manos.

Dicen que las reivindicaciones es el signo de nuestros tiempos, puede que sí a tenor de lo que a diario vemos por todas partes. Aprovechando el tirón, alguien debería empezar a pensar en un bonito lema para abanderar una nueva causa, una tan fundamental como la vuelta  al postaleo, a la escritura manuscrita y a dejar constancia de esa manera, y para que perdure, de aquellos acontecimientos, sentimientos o cosas que realmente nos importan. Algunos llo agradeceríamos infinitamente.