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domingo, 16 de abril de 2023

DE LO SALUDABLE

 



Las relaciones entre personas, las buenas relaciones, se sostiene en el tiempo cuando existen, de una manera recíproca, grandes dosis de respeto, lealtad y confianza. Cuando alguna de ellas desaparece, por el motivo que sea, la relación empieza a deteriorarse y el que estaba en Babia, actuando con la nobleza que se requiere, queda ligeramente noqueado al descubrir que aquel compañero, en el que se confiaba y se cuidaba, se esconde un estratega que medra tanto como puede y que justifica su deslealtad en la necesidad de salvar los propios trastos. No hay nada más deleznable.

Pero vivimos tiempos oscuros, llenos de necios y ventajistas que olvidan, con frecuencia, a quienes les tendieron la mano. Descubrir la deslealtad de alguien con quien se debe seguir tratando es una faena. Se abre una grieta difícil de reparar y en ese agujero van cayendo, poco a poco, las últimas ganas de saber nada del otro. Con el tiempo y las caretas fuera acaba fraguándose la indiferencia. El tiempo es efímero, pasa muy rápido, casi siempre demasiado, y perderlo es un pecado. Hay que saber perdonarse las equivocaciones. Reconocer que sentirse de un modo u otro es algo que solo compete a cada uno, y que mandar a tomar por culo a quien defrauda, sin posibilidad de marcha atrás, casi siempre es muy sano y liberador.



jueves, 28 de julio de 2022

TOUCHÉ

 


Dejamos de lado algunas de las cosas que, sin ser necesarias, nos hacen la existencia menos común y más nuestra. Nos engañamos y se lo achacamos a la falta de tiempo. Pero el abandono casi siempre obedece a que el estímulo que nos mantenía en ellas se diluye entre el maremoto de lo cotidiano. No es el tiempo, somos nosotros y nuestra falsa necesidad. Lo necesario arrolla y lo inminente achica el espacio dejándolo cada vez más estrecho, más pequeño. Pienso, en plena contradicción mental, en la necesidad de mirar sin pensar en nada como la única manera de ver que vale la pena. La única forma en la que lo que pasa por los ojos llegue mucho más lejos de lo que siquiera se pueda intuir.  

Ayer, tumbada en la cama, volvió su tez cetrina, las canas despeinadas y el mismo gesto distraído que le vi en la infinidad de ocasiones que, desde el otro lado de la habitación, le buscaba sin otra misión que esperar a que terminara lo que estuviera haciendo para después salir a la calle. Ahora, perdida en esa nada tan cercana como inasequible a la vez, la existencia se alborota con imágenes que aparecen y desaparecen como los fotogramas de una película antigua. En el silencio, sobrevuela la idea de retomar lo aparcado en el camino. 

Todo sigue.