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miércoles, 14 de octubre de 2015

DE LO ANODINO



La mediocridad depende del contexto.
David Foster Wallace


Hora de entrar a trabajar, de coger el ascensor. No es extraño encontrarse, día tras día, con las mismas personas. Pasada la fase de mirar el móvil, de mirar al infinito o la punta de los pies mientras te elevas, se inicia un breve y anodino contacto de sonrisa impostada con un «¿Qué tal?» que recibe la simple respuesta: «Bien, de jueves ya»,  o del día de la semana que toque, que todos le van bien. Una, frase hecha que no dice nada. Un romper el silencio incómodo por romperlo, porque la cercanía del cuerpo del desconocido se nos vuelve espesa y pastosa. 
Son las insustanciales conversaciones de ascensor, sobre el tiempo, el fútbol o incluso el cansancio de los días que pasan y que acercan al fin de semana. Ni el trayecto, ni la relación con el otro, da para más. Por eso aunque uno se esté muriendo por dentro, el dolor de cabeza martillee sin tregua, la hipoteca pese como una piedra, y el mundo se hunda bajo los pies, el ascensor es un mundo ideal de bienestar. Todos andan bien. Y mañana, y pasado, seguirán igual de bien porque, en realidad, casi nadie importa nada, casi nada importa a nadie, dentro de aquellas cuatro paredes. Apenas si llueve, apenas si vives. Pero, pese a lo rancio o lo tosco, pocos evitarán el suplicio de tanta banalidad dentro de un cubículo irrespirable, por eso las escaleras mueren solas y nuestro corazón con ellas.






martes, 19 de noviembre de 2013

DRAMA EN EL SOFÁ

 

"Érase dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo, que los saludó y les dijo, "Buenos días, muchachos ¿Cómo está el agua?" Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó, "¿Qué demonios es el agua?".

Existen substancias altamente alienantes, unas cuantas pastillitas disfrazadas de píldoras de la felicidad que nos permiten campar a ratos por el limbo de la ignorancia, aunque sea química. Pero el caso es que la comodidad y la economía de guerra dan para lo mismo sentándonos frente al televisor. Nunca una caja tan tonta como ésta ocupó un lugar tan preponderante, destacado y lustroso  en la mayoría de los hogares de este país. 

El fin de semana, en Barcelona llovió torrencialmente. Salir a la calle se convirtió en una gesta heroica, sólo la búsqueda de lo más esencial para sobrevivir durante los siguientes dos días podía aventurar a los más aguerridos a salir fuera, siempre que asumirán el riesgo de ser arrastrado por las riadas de agua sucia que desde hace ya cuatro días bañan las aceras, las calzada, cualquier cosa que está al cielo raso.


En día así, lluviosos a rabiar, una se cansa de todo y después de cientos de vueltas, de lecturas iniciadas e interrumpidas por cualquier cosa, de conversaciones a dos, a tres, a cuatro o a cinco bandas incluso, termina empotrada en el sofá, con el mando a distancia entre las manos y cambiando de un modo desastrosamente compulsivo de un canal a otro, y así, de manera contínua, hasta perder la razón y el conocimiento de lo que aparece por esa especie de mundo paralelo que vive tras una pantalla de plasma.


Y verdaderamente, el sábado quedé impresionada, impactada, con la boca abierta y la cabeza al ralentí, después de una sesión ininterrumpida de informativos y tertulias varias.  ¿En qué país vivimos? La pregunta es tonta, porque la respuesta es obvia, en uno que es tan alucinantemente gentil que todo es posible. Sí, todo. Y cabe todo, desde las estafas económicas más grandes, la corrupción más tremenda, los abusos más incontestables, los tertulianos más sectarios y la madre que los bendijo, porque en este país, pase lo que pase, nunca pasa nada y la memoria colectiva tiene el tamaño de un grano de arroz. 
La maldad del sistema televisivo, consistente en lanzarnos cucharadas de lo más infame acompañadas de babosos programas, en los que unos y otros se dedican a mentarse a la madre, a ponerse a caer de un burro (divertimento nacional, por otro lado), no tiene fin y provoca, al final, una especie de estado de shock mental del que no es fácil salir bien librado.


Tuve suerte y la cosa, tras unos primeros espasmos extraños, no llegó a más. Tuve suerte, digo, porque Dalhman, después de ignorarme durante toda la tarde, saltó a mi falda reclamando una buena dosis de mimos. Haciendo una cuantas contorsiones, conseguí apagar el televisor y debo reconocer que sentí cierto vértigo y me prometí, por todo lo que más quiero, que los próximos días de lluvia en los que quedemos atrapados en casa, como si de un estado de excepción se tratara, venceré la tentación de buscar la programación de la caja tonta. Volveré a mis múltiples películas, a los libros y, si la cosa se nos pone de cara, a la cama para calentar el cuerpo y el alma, que tampoco viene mal.


jueves, 14 de junio de 2012

ALL OF ME


Mientras se lame las pezuñas en un aseo permanente, reposa su anciano cuerpo sobre un ejemplar de “Esto es agua”.  Hace semanas que descansa sobre el libro que, de un modo inexplicable, se ha convertido en un extravagante colchón.

Tiro con suavidad para recuperarlo. Sin embargo, pese al ligero movimiento de sus cuartos traseros, sólo consigo que se arrellane en la cesta y termine por ocultarlo más si cabe. Nunca la literatura descansó bajo más augusto pelaje. Al tercer intento, durante los que soberbiamente me ignora, desisto de mi empeño. 

“Fíjate, no es que no tenga una razón actual para no creer en Dios”. Se lo digo en cuclillas, repitiendo una frase cualquiera mientras le miro sus inertes ojos felinos y espero, en silencio, que Dalhman, gato erudito por capilaridad, replique a una afirmación tan vacía de contenido como esa. Espero, a cambio sólo recibo un bostezo indolente de mortal aburrimiento.

Apoyo las manos en las rodillas para levantarme sin quebrarme y así, con un libro enterrado bajo la tripa de un gato mansurrón, me vadeo entre sentarme y acariciarle el lomo o prepararme una taza de café.



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"No es que las cosas místicas sean las necesariamente validas: la única cosa que es Verdad con V mayúscula, es que ustedes tendrán que decidir cómo es que intentarán ver estas cosas. Esta - y yo lo suscribo- es la libertad que subyace a toda real educación, la de aprender cuando ser "bien adaptados": ustedes tienen que aprender de manera consciente qué es lo que tiene significado y qué es lo que no lo tiene.
Porque aquí encontramos otra verdad más. En la trincheras de la vida diaria adulta no existe eso que llamamos ateismo. No existe tal cosa como no alabar algo. Todos tenemos que alabar. La única elección que tenemos esta en a qué alabar".