martes, 19 de noviembre de 2013

DRAMA EN EL SOFÁ

 

"Érase dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando de repente se toparon con un pez viejo, que los saludó y les dijo, "Buenos días, muchachos ¿Cómo está el agua?" Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó, "¿Qué demonios es el agua?".

Existen substancias altamente alienantes, unas cuantas pastillitas disfrazadas de píldoras de la felicidad que nos permiten campar a ratos por el limbo de la ignorancia, aunque sea química. Pero el caso es que la comodidad y la economía de guerra dan para lo mismo sentándonos frente al televisor. Nunca una caja tan tonta como ésta ocupó un lugar tan preponderante, destacado y lustroso  en la mayoría de los hogares de este país. 

El fin de semana, en Barcelona llovió torrencialmente. Salir a la calle se convirtió en una gesta heroica, sólo la búsqueda de lo más esencial para sobrevivir durante los siguientes dos días podía aventurar a los más aguerridos a salir fuera, siempre que asumirán el riesgo de ser arrastrado por las riadas de agua sucia que desde hace ya cuatro días bañan las aceras, las calzada, cualquier cosa que está al cielo raso.


En día así, lluviosos a rabiar, una se cansa de todo y después de cientos de vueltas, de lecturas iniciadas e interrumpidas por cualquier cosa, de conversaciones a dos, a tres, a cuatro o a cinco bandas incluso, termina empotrada en el sofá, con el mando a distancia entre las manos y cambiando de un modo desastrosamente compulsivo de un canal a otro, y así, de manera contínua, hasta perder la razón y el conocimiento de lo que aparece por esa especie de mundo paralelo que vive tras una pantalla de plasma.


Y verdaderamente, el sábado quedé impresionada, impactada, con la boca abierta y la cabeza al ralentí, después de una sesión ininterrumpida de informativos y tertulias varias.  ¿En qué país vivimos? La pregunta es tonta, porque la respuesta es obvia, en uno que es tan alucinantemente gentil que todo es posible. Sí, todo. Y cabe todo, desde las estafas económicas más grandes, la corrupción más tremenda, los abusos más incontestables, los tertulianos más sectarios y la madre que los bendijo, porque en este país, pase lo que pase, nunca pasa nada y la memoria colectiva tiene el tamaño de un grano de arroz. 
La maldad del sistema televisivo, consistente en lanzarnos cucharadas de lo más infame acompañadas de babosos programas, en los que unos y otros se dedican a mentarse a la madre, a ponerse a caer de un burro (divertimento nacional, por otro lado), no tiene fin y provoca, al final, una especie de estado de shock mental del que no es fácil salir bien librado.


Tuve suerte y la cosa, tras unos primeros espasmos extraños, no llegó a más. Tuve suerte, digo, porque Dalhman, después de ignorarme durante toda la tarde, saltó a mi falda reclamando una buena dosis de mimos. Haciendo una cuantas contorsiones, conseguí apagar el televisor y debo reconocer que sentí cierto vértigo y me prometí, por todo lo que más quiero, que los próximos días de lluvia en los que quedemos atrapados en casa, como si de un estado de excepción se tratara, venceré la tentación de buscar la programación de la caja tonta. Volveré a mis múltiples películas, a los libros y, si la cosa se nos pone de cara, a la cama para calentar el cuerpo y el alma, que tampoco viene mal.