domingo, 17 de noviembre de 2013

YO NO SOY FEMEN


"El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda".

Si sobre algo no hay duda es sobre el hecho que cuando venimos al mundo lo hacemos siendo hombres o mujeres. Es una clara cuestión física que con el tiempo se deriva hacía otros terrenos más pantanosos, menos evidentes y, en ocasiones, más fácilmente maleables. Ante esta realidad física, sobre la que no caben más disquisiciones, cada uno se coloca donde quiere, prefiere, siente o escoge, pero la realidad es que el ser humano, al igual que el resto de mamíferos del reino animal, nace perteneciendo al sexo femenino o masculino, no hay más. Vaya por delante que la palabra “género” aplicable al ser humano no me ha gustado nunca para referirme a mis congéneres de especie.

Durante la pasada semana tuve la oportunidad de participar en unas jornadas sobre feminismo, su transformación y nuevos retos. Como no podía ser de otro modo, se habló del movimiento FEMEN como uno de los más revolucionarios, de los más activos. Y yo añadiría de los menos claros, de los menos identitarios, de los menos transformadores, aunque sí de los más mediáticos por obra y gracia de un par de pechos bien puestos. FEMEN nació hace poco más de seis años en el contexto de la sociedad ucraniana y la problemática de la explotación sexual de las mujeres ucranianas. 

                                                                                                          Femen

Posteriormente, este movimiento, se ha extendido más allá de sus fronteras pero, aun hoy, salvo su “el aborto es sagrado” que gritaron Lara Alcázar y Inna Shevchencko en el patio del Congreso de los Diputados, poco más sabemos de este movimiento en España, de sus reivindicaciones. Al punto de lo anterior, de su actuación en el Congreso, y para reflexionar, destacar la absoluta contradicción entre la alusión al “sacrosanto” derecho invocado por las activistas a la interrupción voluntaria del embarazo y la oposición frontal a cualquier tipo de ideología religiosa que manejan. Prefiero pensar que aquella consigna tan vehementemente gritada y contradictoria con la ideología laicista de FEMEN no es más que un pecado de juventud, o de falta de formación y rigor de quien decidió saltar a la palestra sin ser demasiado coherente. Mal favor a su reivindicación.


                                                                                               Inna Shevchencko

Sobre el movimiento feminista se ha escrito mucho, se ha dicho más y se dirá mucho más. La búsqueda de una sociedad igualitaria, en la que mujeres y hombres no tenga parcelas de poder distintas en función de su identidad o condición sexual, en la que la mujer sea algo más que un recipiente más o menos bonito que guarda un cerebro plano y no tiene opinión, en la que los roles sociales, de autoridad, familiares, culturales y económicos no se establezcan en función de lo que cada uno guarde detrás de su bragueta, no es algo de nuestra época moderna, de nuestro recién terminado siglo XX y comenzado siglo XXI.  Hay que remontarse a los años de la Ilustración, rebuscar en los escritos de Christine de Pizan  en donde ya se pone de manifiesto los agravios de una sociedad patriarcal. Podemos continuar con  Olympe de Gouges que elaboró, a finales del siglo XVIII, su "Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana" frente a la declaración de los “Derechos del Hombre y de la ciudadanía” producto de la revolución francesa. No menos conocidos son los movimientos sufragistas de la Inglaterra de finales del siglo XIX con Emmeline Pankhurst, o a las activistas de los movimientos americanos, como Lucretia Mott o Lucy Stone, contemporáneamente, por poner un ejemplo, Simone de Beauvoir. Podemos poner cientos de ejemplos de mujeres que desde su contexto y realidad histórica trabajaron, en unas más que limitadas condiciones, en pro de una igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

                                                                                               Simone de Beauvoir

En España disponemos de grandes ideólogas del pensamiento feminista. Concepción Arenal, Margarita Nelken, Victoria Kent, Clara Campoamor, Emilia Pardo Bazán, María Telo, Celia Amorós, Rosa Montero entre muchas otras.
La sociedad ha evolucionado y muchos de aquellos problemas y reivindicaciones iniciales –igualdad de trato, derecho al sufragio activo y pasivo, etc.,-son una realidad en los países de la gran Europa o de los EEUU, pero no así en otros lugares del mundo donde, aún hoy en día, la desigualdad entre hombres y mujeres es tan absolutamente brutal que su ejercicio, el de la desigualdad, constituye uno de los atentados más graves a los derechos humanos de las mujeres.

                                                     María Telo Núñez

Sin embargo, en nuestra sociedad actual, en la del mal llamado primer mundo, la tercera ola del feminismo está por romper otros muchos paradigmas de la desigualdad de trato. Falta aún mucho para que los techos de cristal con los que se encuentran las mujeres que acceden a puestos directivos (por su valía, no por las cuotas), por llegar a una verdadera conciliación entre la vida laboral y la familiar (en la que la conciliación sea cosa de todos y no sólo de las mujeres) y falta otro tanto para que las diferencias reales y existentes entre hombres y mujeres se conviertan en una fuente creativa y no de discriminación mediante la imposición de conductas totalitarias, desequilibrios injustificados. Necesitamos una transformación de roles sociales.

Queda mucho por hacer bajo la actual apariencia de igualdad, igualdad que aun hoy no es cierta y real en todos los ámbitos. Y son muchas las estrategias desde las cuales hay que llegar a implementar políticas trasversales en pro de ese trato igualitario, sin discriminación por razón de sexo, orientación sexual, raza o religión.


Sin embargo, aún hoy, cuando somos muchas las mujeres que trabajamos para que la igualdad sea una realidad, para que el conocimiento, la valía personal y profesional sea la que prime a la hora de promocionarse en el ámbito profesional y social, somos muchas, también, las que descartamos como elemento de reivindicación la exhibición de un cuerpo desnudo, sobre todo cuando esas muestra de un cuerpo, perfecto o imperfecto (da igual), van absolutamente hueras de un fundamento que permita a todas las mujeres, y a los hombres también (sin ellos, sin su  concienciación e implicación directa, esta es una batalla perdida), sentir aquellas reivindicaciones como propias, exhibición vacía que nos convierte, contrariamente a lo que parece, en meros objetos de exhibición vana, porque la apariencia o diferenciación física, hablando de derechos, debe de ser meramente anecdótica.