domingo, 3 de noviembre de 2013

FOXTROT


 "Oh, Joseph, I’m So Tired"

Elisa cerró el paquete de café, no lo hizo de un modo atolondrado como acostumbraba. Dobló con delicadeza las esquinas y enrollo sobre sí mismo el cartón metalizado que lo preservaba de la luz, de la humedad. Mientras lo hacía pensó en Carlos y en lo mucho que le extrañaría que ella, de natural despreocupada, tuviera el más mínimo cuidado con algo tan poco importante como un paquete de café. Había cumplido los sesenta y tres, y aunque su pelo conservaba un ligero tono ceniza que avivaba de vez en cuando con un tinte barato, en su piel se vislumbraba el fragor de mil batallas libradas. Los años no perdonan, pensó al contar las manchas que oscurecían sus manos.


Carlos había muerto hacía ya dos semanas. En casa todo seguía igual. No era extraño, apenas se veía en los últimos tiempos y cuando lo hacían era ella quien se desplazaba hasta el lugar en el que él se alojara cuando volvía a la ciudad. Un par de camisas, unos pantalones y un pijama más viejo que él. Es poca cosa en la vida de nadie.

Mientras esperaba que el agua subiera, tendió la colada. Dos faldas, un jersey y la ropa interior de una mujer que empezaba a estar caduca. No era por los años, sino por lo mucho que se había dejado durante los últimos tiempos. Había olvidado la cantidad de abriles que habían pasado desde que se aventuró a sentirse extremadamente atractiva. Se prometió que, en cuanto estuvieran secas, aquellas espantosas bragas irían a la basura o que las quemaría haciendo un sortilegio, aunque sabía que pasado el primer momento, aquellas horrorosas calzas volverían al cajón para acompañar a otras aun más terribles.

Volvió a leer el periódico. Había aparecido muerto en la calle, en un portal, sucio y sin signos de violencia. La muerte de un indigente decrépito, habían creído al principio, y sólo cuando lo identificaron por el pasaporte que llevaba en el bolsillo supieron, de verdad, de quién se trataba. En la noticia hablaban del notable éxito que había tenido como pintor allá por los años setenta. Una vida exitosa que acabó el verano en que su único hijo murió ahogado en el pantano mientras estaba en su compañía. Nunca pudo explicar como aquellas aguas oscuras aparentemente calmas habían podido arrancarlo de su vida de un modo tan estúpido.Tras la muerte de León, desapareció de la vida pública, decían que se había vuelto loco, que el remordimiento le había podido, pero la que enloqueció fue ella, unas algas corrientes se transformaron en los crueles sargazos del resto de su existencia.

Cerró la ventana. El aire de noviembre no es bueno y un resfriado ahora podía terminar enviándola a la cama durante semanas. Continuó leyendo y se sintió menuda, un poco encorvada, como si el peso de un tiempo azabache, de un pasado poco común, se le abalanzara sobre la espalda. Alguien había recordado su corta relación. Cuarenta años después, negro sobre gris, una referencia excéntrica, sobre la madre de León. Se ajustó la bata sobre el vientre abultado, huero. El color apagado de la prenda, gris, anodina, parecía escogida para la ocasión.

Puso la radio. Miró por la ventana, el vidrio le devolvió su rostro delgado, cabeceó para negar la perplejidad que su imagen, el recuerdo de León, la extraña muerte del padre de su único hijo. Pensó que debería limpiar los cristales.

La vida, al principio, les había entregado una relación a menudo placentera, plagada de excitantes sobresaltos, de música negra y murmullos a horas perdidas en un camastro de noventa por noventa, y desapariciones extrañas. Con los años, les dio un buen fardo de disgustos, de desencuentros que sólo se arreglaban cuando ambos olvidaban el por qué habían dejado de hablarse, de acostarse juntos, de llamarse a horas raras y de que uno por otro el mundo giraba más lento.


Guardo la esquela y la noticia entre el libro que había sobre la mesa. Hizo girar el dial. El mundo no había envejecido tanto, a fin de cuentas, en la radio las noticias eran las de siempre y aun se podía escuchar música de foxtrot. Hoy debía retocarse el tinte.