domingo, 24 de noviembre de 2013

NOVIEMBRE


"La complejidad de las cosas, las cosas dentro de las cosas, 
parece sencillamente inagotable".

Un veinticuatro de noviembre, escribí “sorprendente”. Las anotaciones de los siguientes días podrían esclarecen a un profano el misterio de aquella palabra que ocupaba el hueco de un día completo en el agenda, y que se sobrescribía sobre anotaciones de reuniones, horas de salida y localizadores. Un misterio sin gran misterio.

Aquellos días las cosas se sucedían de un modo rápido, casi feroz. Las semanas pesaban como losas, y aunque por sí sola aquella sorpresa anotada al final de un día pudiera apuntar a una cierta nota de color y esperanza, no era así. Se había desvanecido como un anillo de humo y, aunque intenté comprenderlo, no encontré ni razón, ni motivo. Dejé de esperar que esa desaparición gaseosa se transmutara en una aparición de carne y hueso, de su carne, de mis huesos. No quedaba ningún rastro, quizá el leve recuerdo de un aroma impreciso y difícil de asociar a nada que no fuera una manera de vivir. La mía que, durante algún tiempo, fue la suya, o eso creí yo.

Había vuelto en muchas otras ocasiones después y recorrido en solitario el mismo trayecto. Le pedí al taxista que me dejara a la altura de Ortega y Gasset, prefería caminar los últimos metros. Los pies se hundieron en una alfombra de hojas pardas que se arremolinaban sobre la acera y se me escapó una sonrisa, el descuido o la leve decadencia de un noviembre conflictivo, aquí era imperdonable. Intenté esquivar  las ráfagas de un viento mortal refugiándome bajo el saledizo del portal, había llegado. En aquel momento, en la acera de enfrente se abrió de golpe una puerta y un grupo de gente salió alzándose los cuellos de los abrigos. Una ráfaga de viento helado cruzó la calle y le vi, me vio, nos vimos. Continuó caminando, encendiendo un cigarrillo en un gesto mil veces repetido, y yo abrí la puerta dejando atrás el sonido metálico de una puerta segura.

Unos copos de nieve temprana habían empezado a cubrir la acera. Al subir, me senté en la esquina de la mesa, frente a la ventana y, aunque las ráfagas no arreciaron en toda la mañana, nada consiguió llevarse la imagen, casi difusa, de su aparición casi desvanecida en un portal cualquiera.

Al volver, con el último traqueteo, anoté “sorprendente”. No había muerto y la cabeza, después de todo, seguía entera. Puse la mano sobre el cuello y noté mi pulso sin quebrantos y me alivió saber de su disipada existencia que, de un modo fortuito, dormía enterrada entre los copos de una nieve temprana y las hojas terrosas consumidas tras un tiempo esplendoroso y una vida forjada a la medida de una esfera de cristal.

Han pasado cuatro años exactos desde aquel día y, al igual que entonces, aunque a cientos de miles de kilómetros vitales después, el viento sigue arremolinando hojas que esconden pasados delgados como los filamentos de una candela.