martes, 26 de noviembre de 2013

SINERGIAS


"Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones".


Esta historia me la contó una mujer en uno de los viajes que frecuentemente hago en tren. Aquella tarde, el compartimento estaba prácticamente vacío, al fondo, una mujer joven que intentaba encajar una bolsa de viaje en el portamaletas. Unos cuantos asientos por delante del mío, un hombre grueso, de pelo cano, del que poco más puedo decir porque no se movió de su butaca en todo lo que duró el viaje.

Aun no habíamos dejado atrás la estación que, a mi lado, apareció aquella mujer buscando un asiento. Tenía todos los que quería y más pero se sentó muy cerca de mí, al otro lado del pasillo y, por el cristal, pude ver como sobre la mesilla desplegaba un sinfín de artilugios y objetos, sin ni siquiera haberse quitado el abrigo.


El tren empezó a abrirse paso a través de la oscuridad de las primeras horas de la noche. Dejamos atrás las luces de la ciudad y el barullo de las grandes estaciones.  El silencio se hizo absoluto. Los trenes ya no traquetean, se deslizan sobre railes relucientes y dejan tras de si una estela de aire que ya ni tan siquiera adornan con una ligera y melancólica carbonilla.  


No recuerdo muy bien como comenzó la conversación. No tenía ganas de enredarme en una charla casual y sabía que si  aquella desconocida comenzaba a hablar, ya no podría detener en todo el viaje, siempre es así. Estaba cansada después de todo un día de ajetreo y lo que me apetecía era apoyar la cabeza, cerrar los ojos y no volverlos a abrir hasta llegar a mi destino. Con voz templada me pidió la hora, al minuto me preguntó de dónde era y si volvía a casa. Contesté un desganado sí y fue ahí donde, sin saber cómo, empezó su historia.


Los últimos cuarenta y cinco años había vivido cerca de Casablanca y ahora, cumplidos ya los sesenta y siete, viuda, sin hijos,  y con las ataduras de la edad madura, volvía a su ciudad natal. Pronunció aquel “volver a casa” con cierto abatimiento y buscó, entre la decena de cosas que había dejado sobre la mesa, una pitillera con la empezó a jugar, sin mirarla ni un solo momento.  Se hizo un silencio que dudé en romper, pero no hizo falta, un golpe de viento secó sacudió el ventanal, sacándola de su ensimismamiento. Continuó su relato. Su marido había muerto hacía apenas un par de años y la pena, aunque no había desaparecido, la vida seguía. Ahora, le quedaba un mundo en el recuerdo y un padre nonagenario que la llamaba a su vera antes de morir.


Me mostró la pitillera y con una ternura desmedida me la alcanzó medio abierta para que leyera una inscripción. La terminé de abrír con cuidado, en su interior, cuatro iniciales rodeadas de una cenefa delicada. Para mí no tenían significado alguno, sin embargo, sabía que estaba bordeando la intimidad no sólo de Isabel, sino la del antiguo propietario de aquel objeto. Las iniciales respondían a las de su madre y a las del hombre al que siempre amó, según me dijo. Durante más de diez minutos habló de aquella mujer que la había traído al mundo, de su vida apasionada, de la dificultad de vivir contra corriente y de su pérdida tan temprana, ella apenas la recordaba más que por algunas fotografías y cartas de juventud. Le pregunté por su padre. Algo se apagó en sus ojos y sus manos volvieron sobre la mesa. Su madre había vivido una historia de amor escandalosa y ella, que ahora era mayor que lo que su madre llegó a ser nunca, era el producto de aquel amor de juventud, desmedido y oculto. Nada extraño pensé. La vida está llena de relaciones así, de amores fugaces, intensos, de hijos que son hijos de otros, y así se lo dije. Sus ojos se volvieron profundos y su voz un quiebro. El amor de su vida, el de su madre, había sido el esposo amado de la mujer que ahora tenía sentada apenas a un metro de mí. Me resultaba difícil de creer, debió de verlo en mi cara, y continuó el relato mientras el cristal de la ventana, que tenía a su espalda, me devolvía el reflejo de los árboles que bordeaban las vías, convirtiéndolos en puntos imprecisos, volátiles y casi irreales. 


Su madre se había enamorado a los dieciocho años de un militar que andaba de paso por la ciudad, fueron los meses más intensos de su vida, según supo con los años. Al tiempo, aquel hombre marchó y ella, con una hija en el vientre de la que aún no sabía su existencia, no quiso esperar, decidió casarse con quien, desde siempre, la había pretendido. Fue su manera de matar su amor. El pasado quedó enterrado bajo toneladas de minutos, quebraderos de cabeza y nunca más se supo. 


Con los años, Isabel, mi compañera de fortuna, terminó en Casablanca, trabajando en el Instituto Francés. Allí conoció a Alfonso, un hombre veinte años mayor que ella que le robó el sentido y le entregó la vida. Tras enviudar, casi cuarenta años después, entre los objetos de su esposo, aquella mujer que ahora hablaba como si lo hiciera por primera vez, encontró una caja llena de recuerdos, entre ellos una fotografía, escrita por el dorso. Aquel papel amarillento y desmembrado le devolvió la imagen de su madre y de un joven y sonriente Alfonso, enlazados por la cintura como sólo se cercan los enamorados. En la misma caja, unas cartas sin enviar, la pitillera con la que volvía a jugar mientras hablaba y el tormento de la sangre envuelto en un invisible celofán.


No podía dar crédito. Continuó hablando de escenarios, del amor puro, de lo mucho o poco aque vale la sangre que se transforma en un liquido elemento moralizante, de las sinergias vitales, de realidades desconocidas que pululan por el mundo y que, aunque acaben ocultándose bajo la hojarasca, se revuelven para que no se olviden. Nada importa salvo el amor, fue lo último que le oí decir, mientras guardaba en una enorme bolsa todo el atrezzo que había dejado sobre la mesilla desplegable. La vi bajar, perderse en una estación en mitad de la nada. Había llegado a su destino y a mí, aún me quedaba una hora de viaje.


Nunca sabré si lo que aquella mujer me contó era cierto o no, pero puedo asegurar que durante horas consiguió retener mi atención y consiguió, aquella absoluta desconocida, mantenerme pendiente de una vida que puede que, en realidad, inventara para mí.