"¡Dios mío!
¡Dios mío! ¡Qué tarde voy a llegar!"
Con esta exclamación,
el conejo blanco de “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”, se
pasaba el día arriba y abajo. Ciertamente, como el conejo, pero sin los ojos
rosados, sin el chaleco y sin un reloj de bolsillo que cuelgue de una bonita
leontina, me he pasado más de media vida corriendo ciegamente al lado de los
que, por el motivo que fuera, traían a mi vida momentos estelares de
descubrimientos y aventuras, en el sentido más amplio de su expresión.
Hoy cumplo años, unos pocos, y aunque sigo queriendo correr, ahora ya son pocas las veces que lo hago ciegamente, y son muchas menos las ocasiones en las que espero que aquel a cuya vera corro, esté dispuesto a mantenerme el paso cuando sea yo quien le adelante y, de modo sorprendente, le descubra lo que sea.
Pero, no nos vamos
a poner trascendentes, porque como dijo el conejo ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué
tarde voy a llegar!". Me quedan algunas cosas importantes por hacer. Nada
de plantar árboles, ni tener hijos, ni escribir libros, para eso se me ha
pasado el arroz. Por eso espero que la vida sea generosa, me de un poco más de
carrete, aunque a veces sea a trompicones y con sustos morrocotudos y me
permita, ni que sea a la pata coja, seguir corriendo a la vera de aquellos que
aún hoy, pese a la falta de ceguera, sean capaces de provocarme un pálpito. A
esos, gracias.
